lunes 4 de mayo de 2009

FERNANDO BELAUNDE TERRY - LAS MALVINAS - Tres veces torpedearon la paz - Oiga 27/10/1986


El primer intento de pacificación de Fernando Belaunde Terry para acabar con la Guerra de las Malvinas estuvo a punto de resolver el conflicto. La propuesta de FBT había sido ya aceptada por escrito por Gran Bretaña, con la mediación de Alexander Haig. El Embajador británico en Lima, Wallace, le había entregado el documento a Belaúnde. Pero ese mismo día Margaret Thatcher ordenó el hundimiento del “Belgrano” y todo se frustró. Luego de este hecho Galtieri retiró su aceptación.

UN capítulo importante de las memorias que escribirá el ex-presidente Fernando Belaúnde Terry será, sin duda, el de su importante gestión pacificadora en la guerra de las Malvinas. Tres veces, en otros tantos momentos de la conflagración, intervino Belaúnde para tra­tar de evitar la escalada bélica y buscar una paz negociada. La primera, estuvo a punto de concertar la paz: FBT tenía ya en su poder la aceptación escrita de los británicos a la propuesta de arreglo que él presenta, con la intervención del mediador norteamericano Alexander Haig y la anuencia argentina. Pero el hundimiento malicioso del “Belgrano” planeado por los halcones británicos y ordenado por la misma Margaret Thatcher, frustró la paz.


El segundo intento de Belaúnde se produ­jo cuando los argentinos hundieron el “Sheffield” y abrió nuevas aunque más leves esperanzas de arreglo, que lamentablemente no llegaron a concretarse. El Presidente peruano no cejó en su empeño y hasta el final, en las vísperas de la batalla decisiva de Puer­to Argentino, que terminó con la victoria británica y de sus mercenarios los feroces "gurkas", intentó librar al país hermano de una derrota vergonzosa y del inexorable holocausto de cientos de jóvenes abandonados a su suerte, en notoria inferioridad tec­nológica y con una preparación militar que dista muchísimo del profesionalismo de sus adversarios.

Con Fernando Belaúnde, en la intimidad de su hogar de San Isidro, hablamos acerca de esa experiencia, entre otros temas, que incluyeron por cierto los asuntos políticos de la actualidad peruana.

Todo comenzó la madrugada del 2 de abril
La vieja, persistente reclamación argenti­na sobre las islas Malvinas, llamadas por los ocupantes británicos Falkland, pasó de la vía diplomática al terreno de los hechos la madrugada del 2 de abril de 1982. Los estra­tegas argentinos pensaron -craso error- que dando un golpe de mano y recuperando las islas sentarían luego con ventaja a Gran Bretaña en la mesa de negociaciones, con intervención de organismos internacionales (ONU, OEA) y países amigos. La lejanía de las islas de Inglaterra jugó en sus cálculos. Pero el león británico rugió fuerte y se lanzó a la reconquista en ultramar.

Ese dos de abril y cuando recién despuntaba el alba, las tropas argentinas desem­barcaron con éxito y sorprendieron a la pequeña guarnición británica que esperaba la invasión por la playa Púrpura o el Aeropuer­to. Los argentinos atacaron “por la puerta de atrás”: con helicópteros que aterrizaron en “Mullet Creek” aparecieron los primeros invasores. Eran unos 120 hombres del lla­mado "Buzo Táctico", tropa de élite argen­tina. Lo demás es historia conocida: no ha­bía terminado el día cuando los argentinos, henchidos de patriotismo y felicidad, izaron su pabellón bicolor en las recuperadas islas Malvinas.

Pero, fue entonces que comenzó otra his­toria en Palacio de Gobierno del Perú, aquí en Lima. Más allá de la euforia argentina, de las multitudinarias manifestaciones en Bue­nos Aires que aclamaban al general Galtieri y a sus acompañantes en la Junta Militar de Gobierno (a los autores de la inmeditada aventura), el presidente Belaúnde mostraba preocupación. Lector infatigable, profundo conocedor de la historia, experimentado político, había tratado muchas veces con los británicos. Y sabía que en su diccionario no existe la palabra rendición. Gran Bretaña, país poderoso, orgulloso de su grandeza y de su papel en la historia, la nación de la sangre, el sudor y las lágrimas de Churchill, se iba a lanzar con todo —no importaba cuán distantes estuvieran las Malvinas– para reparar la afrenta (desde su perspecti­va) y mantener su mellado prestigio mun­dial. El análisis de Belaúnde era correcto. Y Margaret Thatcher se lanzó a la guerra.

Belaúnde sabía que la derrota final de Ar­gentina era inevitable. Y quiso salvarla del resultado que se veía venir.

Por lo demás, había un factor fundamen­tal que, en adición a las consideraciones an­teriores, hacía previsible la reacción británi­ca y que resulta hoy increíble no hubiese sido evaluado en la apreciación de la situa­ción que realizaron los militares argentinos: el valor estratégico de las Malvinas, llave de comunicación entre dos océanos y trampo­lín para la futura explotación de la Antárti­da.

FBT entra a tallar
Cuando le preguntamos a Belaúnde so­bre los entretelones de su intervención paci­ficadora, el senador vitalicio se mostró cau­to y mesurado: "Yo no quiero decir todo lo que sé, porque mi intención es propender a la armonía y no a la discordia". Enseguida, nos presentó hasta seis volúmenes sobre la guerra de las Malvinas, que figuran en un lugar preferencial de su copiosa biblioteca. En todas esas publicaciones hay referencias a las gestiones de FBT en busca de una paz que desgraciadamente no llegó, por culpa de una y otra parte.

A fines de abril —cuando todo parecía sonreír a Argentina—, arribó a Lima una delegación del gobierno de Galtieri. La ocu­pación se había producido veinte días atrás y la flota británica recién surcaba el Atlánti­co rumbo a las Malvinas. Objetivo de la mi­sión: coordinar el apoyo peruano, sobre to­do en los aspectos logísticos y aéreos. (Quien más tarde llegó a entendimientos concretos fue el representante de la Fuerza Aérea Argentina, que estuvo en Lima a co­mienzos de mayo y se entrevistó, entre otros, con el Comandante General de la FAP, Luis Ricardo Maertens).

En aquella oportunidad el presidente Be­laúnde no perdió la ocasión de llevar a los enviados argentinos al salón donde alber­gaba sus mapas y maquetas. Itinerario for­zoso de los visitantes de Palacio en esa épo­ca.

Con un mapa del extremo sur del conti­nente a la vista, Belaúnde señaló, una a una, las numerosas playas y bahías de las Malvi­nas. "Es imposible defender sus posicio­nes... Puerto Argentino y otras localidades menores resultan muy vulnerables ante una invasión británica", habría dicho entonces. Pero su reflexión, que había sido elaborada luego de conversaciones con los sectores más serenos de los mandos castrenses pe­ruanos (habían de los otros), desdichada­mente no fue escuchada. Los militares ar­gentinos estaban inflamados de triunfalis­mo. Galtieri y los suyos no querían desmon­tarse de la victoria inicial que consiguieron y que necesitaban para afianzarse en el poder y, sobre todo, gobernar con olor de multitudes.

El general Iglesias y el almirante Benítez volvieron los primeros días de mayo a Bue­nos Aires. Su posición era tan ciega como inflexible: estaban seguros de vencer, como lo pregonaron en sus contactos.

La primera gestión
La de Fernando Belaúnde Terry fue, en realidad, la primera iniciativa de paz debidamente estructurada que se presentó en la escena mundial para tratar de acabar con el conflicto. "The Sunday Times", en su ver­sión sobre la guerra de las Malvinas, escri­bió que la propuesta de Belaúnde contaba con todos los ingredientes para alcanzar el éxito, pero "en diversas etapas tropezó con la indiferencia o la hostilidad de ambas par­tes". Esta versión, como veremos más ade­lante, no se compadece con la verdad, al menos en sus términos fundamentales.

Belaúnde intervino por primera vez a mi­tad del camino del puente diplomático del norteamericano Alexander Haig, aceptado como mediador por los dos contendores.

¿Qué fue lo que planteó FBT? En primer término, una tregua de 72 horas para bus­car una fórmula de paz. Argentina, país que reconoció le era favorable la propuesta, no titubeó en aceptarla.

Después del fracaso inicial de las gestio­nes directas de Haig, la fórmula peruana al­canzaba la estructura de un anteproyecto. Perú y Estados Unidos conversaban, de igual a igual, para evitar la escalada.

Además de la tregua, la propuesta perua­na consistía en una retirada y la entrega de la administración de las islas a una comisión internacional, integrada por delegaciones de países aceptables a las dos partes en con­flicto. En un plazo determinado se podría llegar a un acuerdo definitivo.

"Conocedor de las desventajas de la par­ticipación de los Estados Unidos, Belaúnde Terry se movió con suma cautela... tanto más cuanto que en las primeras etapas, al­gunos de los principales actores del drama ignoraban lo que estaba proponiendo. Francis Pym (el ministro de RR.EE. británi­co) se mostró impreciso cuando en Was­hington lo interrogaron los primeros días de mayo sobre el contenido de la propuesta peruana", dice el "Times".

Lo cierto del caso es que el planteamiento de Belaúnde llegó a ser aceptado por los argentinos. Y el dos de mayo, el mismo día que fue abatido el “Belgrano", el Embajador británico en Lima, Charles Wallace, entregó a Belaúnde la conformidad escrita de su país para acceder a la paz. Haig se había encar­gado de convencer a los británicos.

Pero en la rubia albión había corrientes de opinión encontradas. Y el hundimiento del "Belgrano", ocurrido ese día, acabó con el primer intento peruano en busca de la paz. Los británicos actuaron con alevosía, premeditación y ventaja: el "Belgrano" na­vegaba fuera de la zona de litigio. Cuando Belaúnde llamó a Galtieri éste le manifestó que, luego de lo sucedido, ya no podía haber arreglo.

El segundo "round"
"Mucha gente cree que nuestra actua­ción terminó con la pérdida del "Belgrano" —nos dijo Belaúnde—, pero eso no es exac­to. Nuestra actuación continuó y a raíz de la pérdida del barco británico Sheffield (hun­dido por un misil Exocet disparado desde un avión argentino que burló el radar) sur­gieron nuevas esperanzas... Cuando las dos partes podían exhibir una victoria era mo­mento propicio para promover la paz sin que hubieran vencedores ni vencidos".

Haig y Belaúnde estaban en permanente comunicación telefónica. Fue entonces que Haig, según FBT, habló como un entrenador de fútbol norteamericano. "Es el mo­mento. Están empatados uno a uno", habría manifestado Haig. Pero la gestión no era fácil. Al otro lado de la línea telefónica se hallaba el vibrante general Galtieri, con su voz encendida y tonante, de cantante de ópera italiana.

"Un arreglo no era indecoroso de ningu­na manera y el hundimiento del Sheffield era la ocasión propicia, repito", se lamentó Be­laúnde. "Nuestra gestión tuvo inicialmente éxito, pero vinieron luego dilaciones y falta de decisión".

En esta segunda mediación, se planteó la congelación de las operaciones y el retiro simbólico de ambas fuerzas a través de un puente aéreo. Aviones peruanos traslada­rían algunos batallones argentinos a su territorio y aviones norteamericanos deposita­rían tropa inglesa en Chile. El gobierno chi­leno había aprobado la operación...

Casi hay complicaciones

Por esos días estuvo a punto de estallar un incidente que hubiera enredado el pano­rama. Un alto jefe de la FAP, hoy en situa­ción de retiro, nos contó que el puente aéreo que se tendió con Argentina para el apoyo, pasando por Bolivia, no estuvo exento de tensiones.

Hubo una ocasión en que una escuadrilla peruana voló cerca a la frontera con Chile y hubo dramáticas consultas con la Coman­dancia General de la FAP. ¿Qué hacemos si los interceptores chilenos se siguen acer­cando?, fue la consulta del jefe del convoy aéreo. "Dispárenles", habría sido la res­puesta. Felizmente no fue necesario: los aviones chilenos se mantuvieron dentro de sus fronteras, a prudente distancia. ¡Lo que hubiera sucedido! Un nuevo frente de bata­lla y otro incendio bélico en América del Sur.

El esfuerzo final
"Queriendo evitar la batalla de Puerto Stanley o Puerto Argentino, ahí nosotros tuvimos una actuación desesperada para tratar de que no se produjera. Pero esta última iniciativa se frustró porque el tiempo nos ganó", recordó Belaúnde.

¿También entonces estuvo en contacto con Estados Unidos? "Estaba en contacto y le puedo mostrar los documentos, los diver­sos documentos que conservo sobre las gestiones (nuestro fotógrafo Romaní voló de su asiento y empezó a disparar sin cesar su máquina para fotografiarlos). No los voy a publicar, por ahora, ni se los voy a dictar porque esto lo quiero guardar... Pero aquí se pone las condiciones, iguales para las dos partes", nos dijo, mostrándonos los pape­les.

El tiempo ha corrido. Los recuerdos permanecen. ¿Qué piensa hoy Belaúnde, a la distancia, de lo que se hizo entonces? "Es­toy satisfecho de lo que hizo el gobierno, sobre todo porque era una cuestión de fra­ternidad americana y porque se le pudo evi­tar a la Argentina todo lo que ocurrió... Lue­go del conflicto se ha hecho mucha política interna, especialmente en Inglaterra, contra la señora Thatcher y a favor de la señora Thatcher... Yo no he querido prestarme a cosas internas". Belaúnde —lo sabemos—ha sido visitado en más de una oportunidad por periodistas británicos y de otras nacio­nalidades para que cuente los entretelones de su intervención pacificadora en la guerra de las Malvinas.

Sobre otras batallas
Con Fernando Belaúnde, quien nos si­guió asombrando con su lucidez y la magia indudable de su personalidad, charlamos también sobre otras luchas. Electorales, por cierto.

Empecemos por la más cercana, la del próximo 9 de noviembre. ¿Quién cree Belaúnde que ganará? "Creo que actualmente están los tres candidatos a la Alcaldía de Lima más o menos parejos. Tengo esa im­presión. Es un cartel en el cual hay dos ma­tadores antiguos y uno que recién toma la alternativa. Hay dos candidatos que tienen ya mucho pasado municipal; y el que más lo tiene es evidentemente el doctor Bedoya, cuya gestión, es un hecho, fue muy exitosa. No hay favoritismo al reconocer este he­cho... Sus dos gestiones fueron positivas".

¿Estará FBT en la lucha electoral del 90? ¿Será nuevamente candidato presidencial? "Yo creo que no —respondió—; dentro de la lógica de las cosas ya he tenido mi oportunidad, reiterada por la generosidad del pueblo peruano... Claro, eventualmente puedo tener algo que hacer, especialmente en una emergencia, con miras a la unidad, a la fraternidad; siempre un hombre que ha actuado y tiene ya años puede tener alguna influencia... Pero yo pienso que el futuro es de otras generaciones".

—¿Irá Acción Popular solo en 1990 o qui­zás integrando un movimiento, una tercera posición que evite la polarización entre el APRA y la IU?

"Mire usted, no se puede adelantar la ju­gada. En el ajedrez y en los toros no se pue­de hacer la faena en el hotel... Hay que espe­rar".

Muchos otros temas de nuestra larga y fascinante conversación con Belaúnde se nos quedarán en el tintero. Gajes del limita­do espacio periodístico. Porque también hablamos de cómo su primer gobierno en­frentó con éxito la guerrilla del 65, financia­da y alentada por la Cuba castrista y el co­munismo internacional; cómo logró debelar el motín de El Frontón sin derramamiento de sangre y con la intervención del Juez de Ejecución Penal en las postrimerías de su régimen. Entonces se criticó al ministro Musso porque se entendió que había sido blando y aceptado condiciones de los amo­tinados. "No han sido justos con él. Alberto Musso no firmó nada. El que actuó fue el Poder Judicial", sostuvo FBT.

Denuncia sobre sabotaje
—¿Qué errores reconoce haber cometi­do en su segundo gobierno?

"¿Errores?, bueno, evidentemente hubo algún sabotaje que debió combatirse más".

—¿Puede usted precisar a qué se refiere?

"En todos los estratos de la administra­ción hubo sabotaje y hubo acusaciones, frecuentemente infundadas, para que cambia­ra a tal o cual persona...".

—Hay quienes hablan de claras deslealta­des en el tramo final de su gobierno, como en el caso del Banco Central de Reserva...

"Tuvimos "muchos problemas con el BCR, fundamentalmente con la norma del pago puntual a las agencias de desarrollo. Cada vez que nosotros apelábamos al Ban­co, lo que era perfectamente factible, siem­pre ellos buscaban otra fórmula para utilizar al Banco de la Nación, lo cual nos restaba recursos".

"Me acuerdo, por ejemplo, de un mo­mento en que yo instruí al Banco para que se pagara ciertas obligaciones —a través del BCR— con el Banco Interamericano de Desarrollo porque nos interesaba que vinie­ran los desembolsos correspondientes. No había riesgo de ninguna clase. La orden se cumplió, pero utilizando al Banco de la Na­ción, con lo cual nos restaron los recursos de este último Banco. Entonces, indirecta­mente, no logramos nuestro objetivo. Yo me enteré de eso cuando ya la cosa había ocurrido".

—En medios políticos se ha denunciado que hubo en los meses finales de su gobier­no algunas maniobras de la Alta Dirección del BCR desfavorables para su gobierno. ¿Qué podría decirnos al respecto? ¿Se pre­tendió favorecer a sus sucesores?

"Intentaron hacer una devaluación clan­destina, que yo la detuve. Fue en el mes de julio. Detuve esa devaluación que ya estaba conversada con los bancos. Pude hacerlo porque uno de mis representantes en el BCR me avisó que él no estaba informado".

De todas maneras, no cabe duda que el nuevo gobierno tuvo suficiente techo para mantener largo tiempo el tipo de cambio sin variación. Según los expertos, hubo adelan­to cambiario. ¿Hubo algún entendimiento con los que sucedieron a Belaúnde como se comenta?

sábado 11 de abril de 2009

Fernando Belaunde Terry y Violeta Correa Elias de Belaunde


Fernando Belaunde Terry y Violeta Correa Elias de Belaunde



Fernando Belaunde Terry y Violeta Correa Elias de Belaunde


jueves 9 de abril de 2009

LA CAMPAÑA DEL 45 - COMO SE ORGANIZA EL FRENTE – por FERNANDO BELAUNDE TERRY EX PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DE LA REPUBLICA

EL proceso electoral de 1945 no puede desligarse de la situación mundial de aquel año, que marcaría la muerte de Franklin D. Roosevelt, causada tal vez por su agotamiento físico a los 63 años y la dramática desaparición de Hitler, a los 54, en el derrumbe del poderío nazi.

La victoria fue, fundamentalmente, de las democracias, pese a la participación soviética eclipsada, a pesar de su heroica defensa, por sus ambivalencias iníciales. La temprana complicidad con Hitler había debilitado moralmente su posición.

El éxito de las democracias creó una fuerte corriente por la autenticidad de los gobiernos, basada en la pureza del sufragio. Desde la última etapa de la guerra, en que se veía venir el triunfo, parecía imposible llevar a la práctica, en el Perú, alguna imposición electoral.

Esa circunstancia benefició a los partidos perseguidos, entre los cuales destacaba el Apra, aunque también figuraba su viejo rival, la Unión Revolucionaria, con lo que había quedado de ese movimiento, después del asesinato de Sánchez Cerro.

Destacadas personalidades reclamaban, desde tiempo atrás, elecciones libres y anhelaban que se hiciera viable una fórmula de reconciliación nacional.

Mi padre la había sugerido insistentemente al presidente Benavides. Mas éste, que parecía permeable a aquella idea, desistió de ella a raíz de los sucesos de febrero de 1939, en que su propio Ministro de Gobierno, el general Antonio Rodríguez, encabezó un golpe en que habría de perder la vida. Esta circunstancia creó un clima de tensión en aquel año electoral y, el gobierno saliente, volcó todo su apoyo a la candidatura del doctor Manuel Prado. Fue durante el nuevo gobierno que se desenvolvió el drama de la Segunda Guerra Mundial, con los efectos que he anotado.

Al principio tomó cuerpo la candidatura del general Eloy Ureta que parecía tener el apoyo oficial. Sin embargo, la corriente de opinión por una fórmula democrática de reconciliación nacional, comenzó a plasmarse. En Arequipa, desde diciembre de 1943, se había forjado un movimiento que, poco después, crearía su 'Comité Departamental' que, el 3 de junio de 1944, hizo un llamado al país, concretado en cinco puntos, todos ellos en demanda de un proceso electoral auténtico. Presidió el Comité Departamental don Manuel J. Bustamante de la Fuente, destacado jurista, secundado por Julio Ernesto Portugal, Jorge Vásquez, Jaime Rey de Castro, Carlos Lira Gámez, Javier de Belaunde y otros destacados ciudadanos.

Mi padre, que se encontraba entonces en un destierro voluntario, reclamaba con decisión y firmeza la democratización del país. Don José Gálvez aglutinaba a personalidades imbuidas de ese mismo propósito. Haya de la Torre, estando todavía el Apra fuera de la ley, se encontraba dispuesto a promover, decididamente, el movimiento, sin abrigar ambición personal. El propio Mariscal Benavides que pronto habría de regresar al Perú, secundaría resueltamente la nominación de la candidatura del Frente Democrático Nacional de 1945.

En Lima se había creado el Comité Central del Frente, presidido por el doctor José Gálvez; las cuatro secretarías estaban a cargo de Enrique Dammert Elguera, Jorge Luis Recavarren, Alfredo Calmet y yo mismo, en un esfuerzo por llevar brisas juveniles al Comité, en el que participaban junto a José Gálvez y Rafael Belaunde, distintas personalidades. Alguna de ellas como Manuel Mujica Gallo y Manuel Diez Canseco, no habrían de permanecer en el movimiento por existir determinadas desavenencias. Lo integraron Pedro Rubio, Manuel D. Faura, Adolfo Laines Lozada, Oscar Leguía, Agustín Haya de la Torre, Rogelio Carrera, J.M. Valega, Jorge Dulanto Pinillos y otros ciudadanos de evidente vocación democrática. Más tarde, aunque sin formar parte del frente, se adhirieron personalidades cercanas a Benavides, como Héctor Boza. El mariscal suscribió, independientemente, un concluyente documento respaldando la candidatura, proclamada oportunamente por el frente, del doctor José Luis Bustamante y Rivero.

El candidato proclamado había declinado, meses antes, una invitación para postular en lo que él juzgó, con evidente acierto, que se trataría de una candidatura oficial. Ese acto de desprendimiento actualizó su personalidad que era, por demás, debidamente reconocida, como jurista, como diplomático y como escritor de notable talento. Un antecedente político importante que, con delicadeza, él nunca quiso explotar, fue el de haber redactado el Manifiesto de Arequipa que suscribiera, en la revolución de 1930, el comandante Sánchez Cerro. Sin embargo, llevado al Ministerio de Justicia, su permanencia en él fue breve, seguramente por hacerse ostensible alguna incompatibilidad. Todas las intervenciones del doctor Bustamante en la campaña, destacaron por su profundidad, concisión y elegancia. Alguna de ellas -el Memorándum de la Paz- fue un documento de especial firmeza al que él habría de aludir en varias ocasiones.

La llegada del candidato dio lugar a una gran manifestación en el Estadio Nacional, en que pronunciaron brillantes discursos, tanto de él, como del doctor Gálvez quien le dio emotiva bienvenida. Poco después, con motivo de la reaparición del Apra después de largos años de ostracismo, se llevaron a cabo, el 24 de mayo de 1945, las manifestaciones del Campo de Marte y de la plaza San Martín, en que Haya de la Torre se reencontró con el pueblo. Fue una emotiva y multitudinaria actuación que dio lugar a un memorable discurso del jefe aprista.

Aunque no faltaron momentos de cierta tensión política dentro del frente, el movimiento adquirió un respaldo electoral que ya presagiaba su concluyente victoria. La candidatura Ureta continuó en la lucha, pero obtuvo en las ánforas un segundo puesto bastante lejano del candidato triunfante. No habiéndose alcanzado un acuerdo entre Bustamante y Haya de la Torre para la formación del Gabinete, mi padre aceptó constituirlo con destacadas personalidades independientes, como Jorge Basadre, Rómulo Ferrero, Carlos Basombrío, Luis Alayza y Paz Soldán, Javier Correa Elías, todos imbuidos del desinteresado propósito de consolidar el esfuerzo de reconciliación nacional.

Empero, antes de cumplir dos meses de la difícil gestión, y hostilizados varios miembros del gabinete por la representación aprista, se produjo una primera crisis. Mi padre aceptó, en gesto de evidente abnegación cívica, presidir el nuevo gabinete en que se integrarían Luis Valcárcel, el eminente peruanista, y los ingenieros Carlos Montero y Gonzales Tafur.

En lo que a mí respecta, a los 32 años, como integrante del movimiento, me tocó presidir la Comisión de Prensa y Propaganda de aquella memorable campaña. Accediendo a la invitación del doctor Bustamante y Rivero, ingresé a la Cámara de Diputados donde, poco después, me tocó presidir el núcleo de representantes del Frente Democrático. Orienté mi labor a los campos de mi especialidad, principalmente en lo que atañe a la vivienda de interés social y al planeamiento urbano. Fueron mis primeros pasos en la vida pública que me permitieron participar intensamente en aquel movimiento, infortunadamente breve, de reconciliación nacional y autenticidad democrática.

¿Qué ha quedado de esta histórica experiencia? La convicción de que la armonía es posible, aunque difícil de mantener. En el triunfo del Frente Democrático hubo casos notorios de desprendimiento y sagacidad. La figura de Haya de la Torre demostró su máxima proyección popular. El gobierno de Prado actuó atinadamente y el doctor Bustamante condujo su campaña con firmeza, aunque evitando distintos amagos que la amenazaron. Aunque Ejecutivo y Legislativo compartieron la victoria, pronto apareció un enfriamiento que los alejó día a día. Mi padre advirtió, en todo momento, el peligro que este divorcio de los dos poderes significaba para la estabilidad del régimen. Todo ello creó hondas preocupaciones hasta despejarse las últimas brisas de la armonía, que tanto esfuerzo había costado crear.

Derrocado el presidente Bustamante y Rivero, y en un necesario esfuerzo de síntesis, quiero mencionar algunos acontecimientos fundamentales para enjuiciar su obra. Es el lúcido promotor de las 200 millas marítimas que, con distintos matices propiciaba Chile y que, más tarde, secundó Ecuador. Dicha acción significaría, seguramente, el mayor aporte de América Latina al Derecho Internacional.

Y, en cuanto al reconocimiento personal, quiero concluir con un acto que exaltó una emotiva reunión que se realizaba, en Palacio, durante mi primer gobierno, cuando me tocó anunciar que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya había elegido presidente al doctor José Luis Bustamante y Rivero.

Más tarde, en mi segundo gobierno y, en el recinto que desde entonces llamamos el 'Salón de la Paz', llevando la armonía al ámbito internacional, Bustamante y Rivero preclaro mediador entre El Salvador y Honduras, estuvo presente con los emisarios de esas naciones hermanas, para poner término al conflicto que las había separado.

viernes 3 de abril de 2009

MEDIO SIGLO DE PRUEBAS Y ESPERANZAS por FERNANDO BELAUNDE TERRY EX PRESIDENTE CONSTITUCIONAL DE LA REPUBLICA – Oiga 9/11/1992

Tiene razón OIGA al echar un vistazo al pa­sado que, de una u otra manera, en la libertad o el ostracismo, ha registrado en los últimos 50 años. Parece inspirarse en aquel lema de lduarte, que dice: “Vemos para atrás, porque vamos para adelante...”. Este vistazo tiene tanto que hacer con el pasado, como con el porvenir. Acepto gustoso el reto de inten­tar cubrir, aunque sea parcialmente, aspectos de este medio siglo que termi­na, no sólo como observador, sino como actor. Adelanto mis excusas en caso de que, en tan complejo empeño, pueda caer en alguna parcialidad.

A nadie sorprenderá que ponga es­pecial énfasis en el aspecto política social y en sus influencias internas y externas. El Perú no es una isla y vivi­mos una época de integración, que estimula el comercio internacional y faci­litan las comunicaciones. Integración que no es ajena a la penetración ideoló­gica, no muy santa.

El triunfo de las democracias
La década del 40 fue de grandes preocupaciones y tensiones. El comien­zo de siglo estuvo marcado en nuestro hemisferio por la avanzada legislación social de Batlle, en el Uruguay, que dio lugar a que se conociera a ese país como prototipo del ‘Estado Benefactor’. La Revolución Mexicana que cobra impulso frente a la continuidad de Porfirio Díaz tiene, además, una motivación agraria. Antecede a la Revolución Rusa. Aspectos dramáticos la difunden, ga­nando adeptos la rectitud de Madero, la audacia de Villa y el idealismo de Zapa­ta. Surge, después, la rebeldía de Sandi­no.

Pero es el advenimiento del comu­nismo en Rusia, en el caos social causa­do por la Primera Guerra, el que le abre a Lenin el camino al poder. Estos son acontecimientos que no podían dejar de tener efecto en Perú. Por un lado, la pluma elocuente de José Carlos Mariá­tegui presenta la dramática realidad de nuestro país. Su prematura muerte no le permitió presenciar los aconteci­mientos ocurridos a partir de 1930. Aunque adoptan su nombre grupos ex­tremistas, lo hacen congelando, en cier­ta manera, el pensamiento del maestro, sin tener en cuenta su permanente in­quietud de captación de la identidad nacional. Víctor Andrés Belaunde, pro­fundamente creyente, discute sus plan­teamientos y, en ‘La Realidad Nacional’, defiende los propios. Es una polémica de alto nivel, de mutuo respeto que, infortunadamente, no habría de seguir­se más tarde en debates agresivos y, a veces, intolerantes, con el advenimien­to de nuevas fuerzas políticas.

El Apra, simbólicamente se había fundado en México, en 1924, mas sólo tomó forma en la campaña del 31 que enfrentó a su líder, Haya de la Torre, con el general Sánchez Cerro, el jefe triunfante de la Revolución de Arequi­pa. El Apra tuvo un origen marxista aunque, al correr de los años, adaptán­dose a los tiempos, introdujo ingeniosas innovaciones. No condenó al marxismo por juzgar que, en su incipiente indus­trialización, el país no estaba preparado para implantarlo. La violencia de esos años dio lugar a que, obstinadamente, se persiguiera al aprismo y a su jefe.

Mientras tanto, en Europa se asenta­ba el fascismo, en Italia con la vigorosa personalidad de Mussolini y, más tarde, el nazismo, en Alemania, con el lideraz­go amenazante y agresivo de Hitler.

En suma, dominaban al terminar la primera mitad del siglo, dos ideas: El totalitarismo de lo que sería el eje Roma­ Berlín y el marxismo-leninismo. El término de la contienda mundial tendría influencia importante en los años siguientes, período en que OIGA asumió, en mar frecuentemente tormentoso y amenazante, el largo recorrido que nos lleva a la hora actual.

Se inicia la ‘Guerra Fría’
En 1945, Franklin D. Roosevelt, re­electo presidente para un cuarto perío­do, concurre físicamente debilitado y mentalmente agotado a la Conferencia de Yalta, con Churchill y Stalin. Muy lejos de la actitud arrogante que habría podido explicarse por la decisoria parti­cipación de Estados Unidos, en la Gue­rra Mundial, hizo alarde de tolerancia y, en un arranque de generosidad internac­ional, magnificó la participación soviética, que si bien heroica, no fue el factor fundamental de la victoria de los aliados de distinta ideología.

Se compartió con ellos la ocupación de Berlín y la cuestionable fórmula de la división de Alemania que, después de un largo periodo de tensiones y alar­mas, ha tenido un desenlace feliz, dan­do lugar a la destrucción del famoso Muro de Berlín. La Guerra Fría ha ter­minado, no por una acción bélica, sino por el colapso del marxismo en Rusia como forma de gobierno. Pero sus con­secuencias, a lo largo de varias décadas, han sido graves para muchos países y, especialmente, para el Perú.

El triunfo de las democracias favore­ció el retomo del Apra a la legalidad al finalizar el primer gobierno de Manuel Prado, que se había desempeñado den­tro de apariencias democráticas, pero persiguiendo a ese partido y a otros grupos, como la Unión Revolucionaria y el comunismo.

Todavía estaban frescas las heridas de la pugna entre el Apra, la Unión Revolucionaria y los gobiernos del presidente Benavides, elegido por la Asam­blea Constituyente, a raíz del asesinato de Sánchez Cerro. Se consideraba que la única forma viable sería un movi­miento de unidad democrática, con una candidatura que pudiera tener general respaldo.

Fue en esas circunstancias que se originó en Arequipa el comité inicial de lo que habría de ser el Frente Democrá­tico Nacional, bajo la presidencia del distinguido jurista doctor Manuel J. Bustamante de la Fuente: Soy testigo de excepción, pues participé en ese movi­miento desde sus orígenes. Llegado el momento de darle amplitud nacional, se constituyó en Lima el Comité Central presidido por el doctor José Gálvez, e integrado por 4 secretarios, entre los cuales me tocó intervenir.

Se barajaron distintos nombres, figu­rando entre ellos, en algún momento, el de mi padre, Rafael Belaúnde y Diez Caneco. Mas, la solución finalmente adoptada favoreció al Dr. José Luis Bustamante y Rivero El movimiento obtuvo triunfo abrumador sobre la candidatura opositora del general don Eloy G. Ureta. El Frente obtuvo mayoría en ambas Cámaras. En cierta manera, mientras en el plano mundial se celebra­ba el triunfo de las democracias, en el nacional se hacía lo propio. Una vez más quedaba demostrada la influencia de los acontecimientos externos en el rumbo del país.

No fue fácil mantener la armonía dentro del Frente. Se produjeron ten­siones entre el Parlamento y el Ejecuti­vo. La tarea de los dos primeros gabinetes, que presidiera mi padre, fue ardua La hostilidad parlamentaria dio lugar a las renuncias del Ing. Enrique Basombrío, de Jorge Basadre y de Rómulo Ferrero, tres personalidades independientes cuya presencia prestigiaba al gobierno y acentuaba su imparcialidad. Fueron sustituidos por el Ing. Gonzáles Tafur, en Agricultura, por Luis Valcárcel, el eminente peruanista, en Educa­ción; y por Carlos Montero Bernales, figura joven, de gran dinamismo, en Hacienda. Las tensiones políticas pasa­ron del hemiciclo, donde se logró cal­marlas por un tiempo, a las plazas, donde adquirieron sensible agresividad. Un proyecto de Ley de Imprenta agravó la situación y tuvo sus reflejos en en­cuentros callejeros. Sin embargo, pasa­do ese momento y recuperada la calma, en enero de 1946, dimitió el gabinete. Fue sustituido por el que presidiera el Dr. Julio Ernesto Portugal, en el cual se incluyó a tres ministros apristas, los señores Vásquez Díaz, Elías y Rose Ugarte. Esa solución mantuvo, durante un año, una cierta tranquilidad, interrumpida, infortunadamente, por el asesinato de Francisco Graña G., figura que gozaba de merecidas simpatías y ejercía, entonces, la dirección de ‘La Prensa’. La presunción de una respon­sabilidad directa o indirecta del aprismo en ese atentado, creó un clima de tal tensión, que la crisis ministerial resultó inevitable.

En el nuevo gabinete, que presidía el vicealmirante Saldías, el general Ma­nuel A. Odría ejercía la cartera de Go­bierno.

No es el momento, ni hay espacio, para extendemos en tan lamentable acontecimiento. Como diputado, pro­puse al aprismo que invitara al nuevo ministro a la Cámara, a raíz de unos comunicados controversiales emitidos por su despacho. Como mi insistente pedido no tuvo acogida, procedí a plan­tear una interpelación. Asesorado en el hemiciclo por destacados dirigentes apristas, el ministro obtuvo un voto de confianza, con mi decidida oposición. Esa noche, sin pensarlo, sin sospechar­lo, la mayoría aprista contribuiría a for­jar la figura del golpe militar del 27 de octubre de ese mismo año. Poco des­pués el general Odría se apartó del gobierno. Se produjo el golpe del co­mandante Liosa en Huancané, sin conseguir éxito. El 3 de octubre siguiente, una sublevación de la Marina estalló sin la anuencia de Haya de la Torre, pero realizada por miembros de su partido o simpatizantes, con negativo y cruento resultado para los rebeldes. La tensión era ya insostenible y el gobierno decretó que el Apra “se había colocado fuera de la ley”. En ese clima de absoluto divor­cio, entre el Poder Ejecutivo y el Legis­lativo, se produjo el pronunciamiento de Arequipa, siendo depuesto el presi­dente José Luis Bustamante y Rivero

El asesinato de Gaitán y el “Bogotazo”
Meses antes de la caída de Busta­mante, en circunstancias en que se rea­lizaba la Conferencia Panamericana, en Bogotá, se produjo el asesinato del carismático y popular líder Jorge Eliécer Gaitán. Gobernaba entonces el presidente Ospina Pérez. El populacho cul­paba a los conservadores de haber pro­vocado ese crimen. Se produjo una vio­lenta reacción popular, que creó caos y destrucción en lo que se definió como el ‘Bogotazo’. La actitud serena y enérgica del jefe del Estado, contribuyó a la paci­ficación. Posteriormente, dio lugar a mucho comentario la presencia de jóve­nes revolucionarios, con motivo de la Conferencia internacional, entre los cuales destacaba, sospechosamente, Fidel Castro. Empero, no se ha probado que tuviera participación en el hecho.

El ochenio: La vuelta a ‘la normalidad...’
El intermedio democrático había du­rado algo más de tres años. Cuando se produjo el golpe militar del general Odría, el inspirado poeta Martín Adán, trasnochador y bohemio, tuvo una re­cordada reacción: “Hemos vuelto a la normalidad”, dijo, estimulado, sin duda, por algunos tragos...

El general Manuel A. Odría habla tenido destacada actuación en los suce­sos del Norte, en 1941, bajo las órdenes del entonces general Ureta. Su vida había discurrido en el ámbito estricta­mente profesional, donde se le recono­cía como un hombre capaz y astuto. La derecha lo rodeó inmediatamente, sa­tisfecha por el revés aprista. Perseguido Haya de la Torre, decidió asilarse en la Embajada de Colombia, donde habría de permanecer cinco años, dando lugar a una tensa controversia sobre Derecho de Asilo, entre los dos países. Sólo pasado un lustro, la Corte de La Haya, con un pronunciamiento un tanto ambi­guo, puso término al conflicto. El go­bierno de Odría que, después de dos años de dictadura había adquirido apa­riencias legales, tuvo que otorgar el sal­voconducto cuando ya se encontraba muy avanzado su ‘mandato’. Cabe re­cordar que, al bajar al llano durante los comicios, lo sustituyó interinamente el general Zenón Noriega. Para facilitar el control de las ‘elecciones’ se apresó al único opositor, el general Ernesto Mon­tagne.

Una circunstancia externa favoreció al gobierno de Odría: La guerra de Co­rea. Aquel conflicto amenazaba con convertirse en una nueva guerra mun­dial en el teatro asiático. El vigoroso comando del general Mac Arthur, pres­tigiado por la victoria, hacía temer que la confrontación fuese de grandes pro­porciones, lo que dio lugar a una ten­dencia armamentista, elevándose los precios de nuestros minerales. Cuando Truman finalmente subroga a Mac Ar­thur, haciéndole sentir su autoridad, ya la alarma mundial habla dado lugar a un ventajoso incremento en los precios de las materias primas. Odría aprovechó esa circunstancia favorable, y dio a su gobierno un sentido dinámico. No es el caso de inventariar detalladamente sus logros, mas hay que reconocer que, en el aspecto hidráulico, realizó obras tan importantes como la derivación del Chotano al Chancay y, en el centro, el proyecto Choclococha, beneficiando a la agricultura en el departamento de Ica. En Arequipa construyó la represa de El Fraile, mejorando notablemente la si­tuación en la cuenca del Chili y en la irrigación de La Joya. En el orden vial hubo intensa actividad para convertir muchas trochas carrozables en verdaderas carreteras.

En el aspecto político, sin embargo, con un Congreso obediente, señalado a dedo, se produjeron lamentables excesos contra los sectores de oposición, Proliferaron los destierros, no sólo en agravio de los apristas, sino de otros grupos de izquierda. Se llegó al extremo de declarar a Haya de la Torre ‘ indigno de la nacionalidad”, exceso que, más tarde, no sería obstáculo para la reconciliación desconcertante de la víctima con el victimario:

Fue, a todas luces, inconveniente mantener la obstinada negativa para otorgar salvoconducto al líder aprista, creando una peligrosa e innecesaria tensión internacional.

Distintos acontecimientos marcan hitos importantes. Nace el Estado de Israel; asume la Cancillería alemana, Adenauer; se realiza el pacto Stalin­-Mao, que agudiza notablemente la Guerra Fría. Mossadegh nacionaliza el petróleo en Irán, y los franceses no pueden sostenerse en Indochina, lo que los llevaría, poco después, al desastre de Dien Bien Puh, presagio de lo que habría de suceder, más tarde, a los americanos.

En el ámbito tecnológico, la televi­sión, en prueba, anuncia ya su próxima y decisiva incursión en las comunicacio­nes. Churchill regresa al gobierno, mas no por mucho tiempo. Petain muere en prisión.

En el ámbito latinoamericano, los sectores izquierdistas celebran el triunfo de Jacobo Arbens, en Guatemala, y de Paz Estenssoro, en Bolivia. La otra cara de la medalla la da el golpe del dictador militar Rojas Pinilla, en Colombia que, ante el asombro público, se aparta de su larga línea democrática. Al poco tiem­po de abandonar la Embajada de Co­lombia, Haya de la Torre, ocurren su­cesos importantes: El desconcertante suicidio de Getulio Vargas; la asunción al mando de Stroessner y Nasser, el asesinato de Remón y el triunfo de Kubitschek, que lograría el viejo sueño de construir Brasilia, la nueva capital que, al fin, pondría término a la rivalidad entre Río y Sao Paulo.

Entre tanto, el gobierno de Odría, no obstante haber impulsado obras públi­cas, pierde fuerza por su identificación con los sectores conservadores y sus intereses económicos. Persiste la po­breza generalizada y hay un mar de fondo de crónico descontento en la po­blación.

En sus inicios se habla producido un enfrentamiento en Arequipa. Hay fuer­te represión y numerosas víctimas. Dos jóvenes brillantes, Villegas y Bellido que, con Javier de Belaunde cruzan la plaza para parlamentar con los militares, son imperdonablemente baleados. De nada les sirvió ser portadores de la bandera blanca que protege a toda misión de tregua. La multitud buscó el liderazgo respetable de Francisco Mostajo, se­cundado por elementos jóvenes decidi­dos, como Mario Polar, Roberto Ramí­rez del Villar, Jaime Rey de Castro y Héctor Cornejo Chávez. La dictadura, empero, logró sortear esa prueba, ase­gurando su continuidad.

Mas, en su etapa final, la ciudad caudilla volvió mostrar las uñas creando una situación que dio lugar a la caída del temido ministro de Gobierno, Esparza Zañartu, quien, durante todo el régi­men, había dirigido la represión. Los sucesos fueron ocasionados por una convocatoria de la llamada ‘Coalición Nacional’, conducida enérgicamente por Pedro Roselló. Vargas Llosa da en su obra ‘Conversación en la Catedral’, una versión amena de los sucesos polí­ticos de esa época.

Es en esa oportunidad que toma for­ma el Partido Demócrata Cristiano. Vale la pena hacer un paréntesis para precisar las condiciones que dan lugar a su creación.

Los movimientos de inspiración socialcristiana
El fin de la Segunda Guerra Mundial deja postradas a dos grandes naciones: Alemania e Italia. Esta vez los vencedo­res intuyen la necesidad de evitar su derrumbe. Han aprendido la lección de la Primera Guerra. Ambos países, derrumbados el nazismo y el fascismo, se refugian en democracias de fuerte inspi­ración cristiana. Es natural que busquen en el poder ilimitado de la fe, sobrepo­nerse sobre las ruinas del totalitarismo.

Aunque nuestros pueblos latinoame­ricanos no habían sufrido derrota, pues habían estado, más bien, alineados con las democracias, sintieron el impacto tanto del mensaje de De Gasperi, desde Italia, cuanto del de Adenauer, desde Alemania. Países de fuerte tradición católica, profundamente familiarizados con las Encíclicas Papales, mostraron receptividad al mensaje europeo.

Tuvieron importante éxito electoral en Chile y Venezuela, mas en el Perú no lograron formar apreciable electorado. El Partido Demócrata Cristiano resultó así más elitista que multitudinario.

Buscó aliento en la figura de Busta­mante y Rivero que, aunque retirado de la política activa, se identificaba con los postulados socialcristianos. Se adver­tía, también, una afinidad con los plan­teamientos de Víctor Andrés Belaunde, aunque éste tampoco se incorporó a las filas partidarias y, más bien, auspició el acercamiento a Acción Popular en la campaña de 1963. Cabe anotar que en los comicios del año anterior, el Partido Demócrata Cristiano sólo alcanzó el 2.88% de los votos válidos.

Fue entonces que, como veremos después, formando alianza con Acción Popular, se obtuvo la victoria de 1963, manteniendo durante buena parte de ese mandato, el PDC, las carteras de Justicia y Agricultura. Avanzando el pe­ríodo, se produjo una situación interna, que dio lugar a que la Democracia Cris­tiana se apartara del gobierno. Produci­da la división entre los que secundaban al Dr. Cornejo Chávez, y los que apo­yaban al Dr. Bedoya Reyes, este último lideró la formación del Partido Popular Cristiano. Hemos de volver sobre su actuación en las décadas siguientes.

El llamado ‘Pacto de Monterrico’.
Así se conoció al insólito acerca­miento entre el gobierno y el Apra, cuyo jefe se encontraba en el destierro. Se pensó en que la personalidad, prestigia­da en los campos jurídico y financiero del Dr. Herrando de Lavalle, podría encabezar una fórmula conciliadora. Más, pronto se hizo evidente que, con marcada independencia de criterio, no sería una personalidad manejable. Sin embargo, se llegó a realizar una con­centración pública en la que participó el Partido Aprista. En esas circunstancias –y perdóneseme que tenga que hablar en primera persona– un movimiento llamado ‘Frente Nacional de Juventu­des’, se acercó a mi domicilio para invi­tarme a asumir la candidatura a la Pre­sidencia. Sin más antecedente político que el de haber sido diputado, de 1945 a 1948, y haber sido gestor de algunos programas de vivienda y urbanismo, además de mi labor profesional y do­cente, juzgué que, sin partido político que me apoyara, era preciso viajar por el país y observar la reacción popular frente a la propuesta juvenil. Dicho frente presidido por Javier Alva estaba integrado por elementos de San Marcos y la UNI.

Un incidente inicial marcó distancias con el aprismo: la dirigencia de ese partido, en un inusual comunicado, ins­truyó a sus militantes a que se abstuvie­ran de secundar ese movimiento, cosa que en ningún momento nosotros ha­bíamos solicitado. Era evidente que se temía nuestra intervención como factor que pudiera alterar los planes de acerca­miento con la dictadura. Tuve que res­ponder en forma enérgica y terminan­te. La situación quedó debidamente deslindada: Nosotros representábamos un movimiento de restauración demo­crática, sin claudicaciones.

El gobierno decidió cruzarnos demorando la inscripción de la candidatu­ra que, entonces, requería el apoyo de 20 mil firmas. Prevalecían aún los lla­mados ‘resortes legales’. Cada candida­tura debía hacer llegar sus propias cédu­las de votación a todos los destinos del Perú lo que, inevitablemente, requería la eficiencia y rectitud del servicio de correo. En esa época de represión se encontraba controlado por la Dirección de Gobierno. Empero, seguimos adelante con la campaña, rearmando grandes concentraciones populares en las principales ciudades del Perú.

Advertidos de que nos iban a negar la inscripción, interrumpimos una gira por el departamento de Cajamarca y, secre­tamente, regresamos a Lima. En esas circunstancias, se produjo la manifesta­ción de protesta en la noche del 31 de mayo y la madrugada de 1ro. de junio, Después de un encuentro con las fuer­zas de choque, a la altura de la iglesia de la Merced, se replegaron nuestras hues­tes a una cuadra de distancia, y las insté a que me dejaran avanzar solo, lo que ocurrió en un ambiente de natural ten­sión. Expuse al oficial que comandaba el destacamento de la Guardia de Asal­to, las razones de nuestra protesta y di, por su intermedio, al gobierno, un ulti­mátum para que procediera a la inscrip­ción de mi candidatura. La inquietud y el entusiasmo que se habían despertado en la población, dio lugar a que el Jurado Nacional de Elecciones, que ya había acordado denegar la solicitud de mi ins­cripción como candidato, la aceptara, Conocida la noticia, se produjo, natu­ralmente, una explosión de júbilo. Una semana después, en la Plaza San Martín, se realizaba la memorable manifestación, que colmó densamente aquella gran ágora, reflejando, sin lugar a du­das, la magnitud del apoyo público.

Causó impacto nuestra convocatoria: “¡Sin millones, sin matones, sin camio­nes!”. Los términos de la contienda electoral cambiaron. El gobierno des­cartó a Lavalle, que apoyaba el PDC y dio su respaldo al ex presidente Manuel Prado, que había regresado de Europa. El Apra, olvidando una vez más pasados agravios, secundó decididamente esa actitud. Su conducta en el proceso electoral significó, para ese partido, una fuerte merma en su militancia.

Utilizando diestramente los ‘resortes legales’, el gobierno consiguió el resultado que buscaba, ante la incredulidad pública, 45.48% de los votos para Prado, 36.69% para mi mismo y 17.83% para Lavalle. El verdadero resultado se conocería pocos días después: La fundación del Partido Acción Popular que, siete años más tarde, llegaría al gobierno por primera vez.

Visión y misión de Acción Popular
Combatiendo decididamente a la dictadura y anticipándose tres décadas, Acción Popular se fundó previendo el colapso del marxismo-leninismo, dis­puesta a luchar en todo terreno contra ese o cualquier otro tipo de totalitaris­mo. Practicante del credo democrático que inspiró la Emancipación, el movi­miento buscó desde sus inicios una completa identificación con el medio. Un respeto a la milenaria experiencia acumulada en la región andina, una fidelidad a la trinidad contenida en los conceptos básicos de su código moral: Honestidad, veracidad, laboriosidad.

Frente a la tesis disociadora de la ‘lucha de clases’, Acción Popular proclamó a la Ley de Hermandad’, su suprema as­piración. Una ética del abastecimiento, basada en la ancestral enseñanza de la ecuación hombre-tierra, sería norma de su programa: El mantenimiento de la minka y el ayni, del trabajo desinteresado por el bien común, con la aplicación de la moderna economía monetaria, darle lugar a lo que llamamos el ‘Mesti­zaje de la economía’. Ello da una idea de lo que entendemos por una democra­cia, identificada con el medio. Porque somos conscientes de que el Perú no es un país estándar, al que pueda aplicarse inconsultamente y sin la debida adecua­ción, teorías foráneas. El Perú, así como, tiene mucho que recibir tiene, también mucho que aportar. Esta reivindicación del mensaje nacional, tantas veces ignorado por propuestas que hacen caso omiso de él, ha sido la clave para los triunfos de Acción Popular, en dos pe­ríodos gubernativos y en varios comi­cios parlamentarios y municipales.

El gobierno de la “convivencia”
El segundo gobierno del Dr. Manuel Prado difiere de su primera administra­ción, que fue de pugna con el Partido Aprista, en que se creó la llamada ‘con­vivencia’. Como ese partido no había figurado en los comicios, volcó su apo­yo a determinadas personas que logra­ron entrar al Parlamento y secundó, decididamente, a ese gobierno. En cuanto a la oposición sólo estuvo representada minoritariamente y, mediante la aplicación de los ‘resortes legales’, sólo se reconoció la victoria de 13 dipu­tados que me secundaban y de dos senadores. Era, a todas luces, sospechoso el número reducido de representantes para un movimiento, a cuyo candidato presidencial se le reconocía el 36.69% de los votos. Aunque la demora en mi inscripción nos impidió postular candi­daturas en todos los departamentos, el electorado que se nos reconoció en los comicios, debió haber acreditado 53 diputados y 16 senadores. Empero, el gobierno se desenvolvió guardando las apariencias democráticas y respetando los derechos ciudadanos.

El Dr. Prado, político experimentado, hombre de mundo, tenía buenas conexiones internacionales, originadas en su primera administración en que la adhesión de Perú a la causa de las democracias, le abrió muchas puertas amistosas en Washington y en Europa El gobernante tenia, además, experiencia en asuntos económico-financieros, habiendo ocupado el Dr. Prado la pre­sidencia del Banco Central de Reserva. La colaboración aprista, más subterrá­nea que superficial, favoreció su acción, dándole estabilidad, aunque significó para ese partido una apreciable merma de su fuerza. Es durante ese período que se produce el conflicto de Suez, de gra­ves consecuencias internacionales; en que caen los dictadores Rojas Pinilla y Pérez Jiménez; en que muere, asesina­do, Castillo Armas y llegan al gobierno, por un lado, Frondizi, en una apertura democrática con respaldo, o por lo menos, tolerancia peronista, y Alberto Lle­ras, el gran estadista colombiano, a quien corresponde la tarea pacificadora y el retorno a la vida institucional de su país. En el plano mundial, el general De Gaulle, con quien Prado establecería cordial amistad, logra la reforma consti­tucional, creándose la Quinta República, cuya presidencia le es confiada. En nuestro hemisferio ocurre el adveni­miento de Fidel Castro, se realiza el accidentado viaje de Nixon a Sudaméri­ca, donde es hostilizado, especialmente en Venezuela. El presidente Betancourt resulta herido por los extremistas. Triunfa Kennedy, quien auspicia la ‘Alianza para el Progreso’, movimiento inspirado en un propósito de promo­ción económica basado, más que en aportes, en inversiones recuperables, pero con la modalidad del crédito ‘blando’, a plazos largos El movimiento orientado a apoyar a los gobiernos le­galmente constituidos, propicia una adecuada planificación, estimula los proyectos multinacionales y explora medios para garantizar las inversiones.

El joven y carismático mandatario americano experimenta, empero, dos reveses: El fracaso de la invasión por la Bahía de Cochinos en el que, sin inter­venir directamente, estaba sin duda in­teresado, y el hecho de que, en la con­quista del espacio se adelantara Gaga­rin, en tan vital competencia científica y tecnológica.

En nuestro continente destaca la su­gestiva figura del presidente Kubitschek, cuyo empeño y dinamismo promueve el desarrollo centrípeto del Brasil. Su país adquiere una influencia que habría de durar varios lustros, en los campos del urbanismo y la arquitectura.

Finalmente, en este cuadro de acon­tecimientos externos, se acentúa la ‘Guerra Fría’ con la construcción del Muro de Berlín que, por tres décadas, habría de sembrar la alarma universal.

La ‘voluntad de fraude’
En la última etapa del gobierno de Prado, se produce al so insólito. Sus propios ministros de Guerra, Marina y Aeronáutica, generales Cuadra, Tirado y Noya, se dirigen al Jurado Nacional de Elecciones, cuestionando el Registro Electoral, denunciando irregularidades en relación a él y anotando -empleo las propias palabras de los denunciantes- ‘la voluntad de fraude’.

Curiosamente no es la civilidad la que toca las puertas de los cuarteles, sino al revés las propias Fuerzas Ar­madas dan la voz de alarma. Se inicia el proceso electoral de 1962, en un clima tenso. El resultado oficial es el siguiente: Haya de la Torre 32.98%, el que escribe estas líneas 32.13%, Odría 28.44%, Cornejo 2.88%, Pando 2.04%, Castillo 0.9% y Ruiz Eldredge 0.54%. Ningu­no de los candidatos obtuvo el tercio de la votación y, de acuerdo con la ley vigente, el Congreso tendría que elegir al Presidente, en un ambiente político caldeado y ante la profunda descon­fianza de la ciudadanía, la situación se fue agravando a medida que se acercaba el fin del período del Dr. Prado. Noso­tros, en Acción Popular, apoyados en la denuncia de los propios ministros del gobierno saliente, reclamamos la nuli­dad del proceso, mientras que, en acto público, en una transmisión por televi­sión se informó que el Apra había re­suelto respaldar al general Odría lo que, de haberse consumado, habría signifi­cado la presidencia del ex dictador. Mientras tanto, nosotros, en Arequipa, exigíamos la anulación del sospechoso proceso electoral, en efervescente ma­nifestación nocturna.

En esas circunstancias se produjo el pronunciamiento de las Fuerzas Arma­das, promovido por sus propios Co­mandantes Generales Lindley, Torres y Vargas Prada, asumiendo la presiden­cia de una Junta Militar, que convocaría inmediatamente a elecciones, el presi­dente del Comando Conjunto, general Pérez Godoy. Prado fue depuesto po­cos días antes del término de su perio­do, pasándolo a bordo de un buque de la Armada y saliendo, poco después, al exterior. La firme voluntad de los Co­mandantes Generales para que se cum­pliera, como efectivamente ocurrió, el compromiso de celebrar elecciones dentro del plazo de un año, dio lugar al relevo del general Pérez Godoy, reem­plazándolo el general Lindley.

El primer acto de la Junta Militar fue realizar un nuevo Registro Electoral que, confirmando las sospechas de la ciuda­danía, en vez de resultar incrementado, fue inferior al que objetaron los minis­tros de Prado. Efectivamente, las elec­ciones de 1962 se hicieron con base en una inscripción total de 2’222,926 electores que, en la reinscripción de 1963, se redujeron a 2’070,318 elec­tores. Las cifras confirmaron irrefuta­blemente la denuncia de los ministros.

El nuevo proceso electoral de 1963. a diferencia del anterior, sólo se realizó entre cuatro y no siete candidatos Los resultados porcentuales fueron: Be­launde 39.05%; Haya 34 36%; Odria 25 52%. Habiendo sobrepasado el tercio, me tocó iniciar mi primera adminis­tración el 28 de julio de 1963.

“El Perú construye”
Con este expresivo lema se inició el nuevo gobierno. Mis primeras palabras, al jurar el cargo en el Congreso, fueron tomadas de las Escrituras: “Los últimos serán los primeros” -dije- y a renglón seguido, convoqué a cabildos abiertos en toda la República, abdicando la atri­bución que, por cerca de medio siglo, habían ejercido mis antecesores, de de­signar a unos 10 mil alcaldes y regido­res, en toda la República. Quisimos dar una prueba concluyente e irrefutable de nuestra vocación de servicio a los que llamamos ‘los pueblos olvidados’.

Nos presentamos al proceso electo­ral en alianza con el Partido Demócrata Cristiano, al que confiamos dos carteras en el Gabinete: la de Justicia, encargada al Dr. Luís Bedoya Reyes, y la de Agri­cultura, al Ing. Torres Llosa.

El primer respaldo nacional lo recibi­mos el domingo siguiente, en Pacari­tambo -la legendaria ‘Aldea del Amane­cer’-, pero no tardaría en producirse un segundo y definitorio respaldo: las elec­ciones municipales propiamente di­chas, no sólo en los distritos sino en todas las ciudades, que habríamos de ganar, concluyentemente. En Lima presentamos la candidatura del Dr. Bedoya, que adquiriría una importante significación política, aún en plena vigen­cia. La victoria en todo el país tuvo un hondo significado porque, en el Congreso, aliadas las fuerzas apristas con las del general Odría consiguieron una mayoría que dificultó nuestra tarea gubernativa. Para muestra basta un bo­tón: a los pocos días del consagratorio triunfo municipal, esa mayoría parla­mentaria derribaba a mi primer Gabine­te, presidido por un eminente hombre de ciencia y respetado estadista, el Dr. Oscar Trelles. Más tarde, abusando del recurso de la censura, cayeron ocho ministros que gozaban de reconocido prestigio en el país.

No es del caso inventariar, ahora, la vasta obra constructiva realizada. La hemos precisado en muchas publica­ciones. Pero fue entonces que se llegó al acuerdo entre las naciones bolivaria­nas, para realizar el proyecto de la Carretera Marginal de la Selva, que dio forma al sugestivo Programa de Coope­ración Popular y que incrementó, nota­blemente, la vialidad -incluyendo puertos y aeropuertos-, la irrigación y la electrificación. Se inició en ese perío­do la construcción de la Central del Mantaro, que ha hecho posible la inter­conexión eléctrica en el país. Los planes habitacionales y educacionales me­recieron la mayor atención y, en cuanto a la salud pública, basta citar la memo­rable visita del Dr. Sabin y la implanta­ción, de extremo a extremo del país, de la vacunación contra la polio, que logra­mos erradicar. Tanto en ese como en mi segundo mandato, realizamos los mayores programas de vivienda popu­lar que se hayan realizado en el Perú.

La ‘Guerra Fría’ no tardó en afectar­nos. Antes de asumir el mando ya se habían producido los sucesos de Chau­pimayo, con la captura de Hugo Blanco y la incursión y muerte en la frontera de Madre de Dios, del joven poeta Heraud que había estado en Cuba. Pero en 1965 se produjo un movimiento de guerrillas propiciado por el fidelismo, como parte evidente de un plan de origen soviético. Eran los tiempos de Kruschev y de Breznev, en la máxima pugna entre los superpoderes. El Perú fue víctima inocente de aquella compe­tencia foránea. Afrontamos el proble­ma con toda eficacia, derrotando con­cluyentemente al anacrónico y absurdo movimiento subversivo, gracias a la in­tervención de las Fuerzas Armadas y Policiales, sufriendo éstas varias lamen­tables pérdidas y cayendo víctimas en­tre la población civil, en lugares de la selva. Fracasadas en el Perú, las guerri­llas aparecieron en Bolivia, durante el gobierno del general Barrientos. Las encabezó el propio Che Guevara, a quien esa aventura le costó la vida. Po­cos se han preguntado por qué escogió ese país y no acudió, en cambio, a su propia tierra natal, Argentina, donde imperaba la dictadura militar que depu­so al presidente constitucional Arturo Illia.

En 1966 se realizó en La Habana la Conferencia Tricontinental. Desvergonzadamente se aprobó allí, bajo las bendiciones de Breznev, la ‘exportación de la revolución’ indicando, como uno de sus destinos, el Perú. En mi mensaje al Congreso de ese año denuncié el hecho en la forma más enérgica. Muchos han olvidado esta intromisión sub­versiva originada en Moscú, vía Cuba. Años después aparecería la versión te­rrorista, vía Pekín.

Me tocó participar en la Conferencia de Jefes de Estado en Punta del Este, en 1967. Nuestro planteamiento allí, fue a favor de un enfoque de planificación continental, de interconexión de cuen­cas, de aprovechamiento de los recur­sos marinos, dentro de la tesis peruana de las 200 millas, planteada por el pre­sidente Bustamante. Difundida esa ac­tuación por televisión, dio lugar a un recibimiento impresionante en la Plaza de Armas de Lima. Sin embargo, algo más de un año después, ocurría el golpe militar del 3 de octubre de 1968.

El pretexto del petróleo
Todo golpe subversivo requiere de una bandera… o de un pretexto. El 3 de octubre de 1968, careciendo de ella, se le sustituyó por un embuste: la ‘pérdida’ de una supuesta ‘Página Once’, en el contrato celebrado por la Empresa Pe­trolera Fiscal y la International Petro­leum Company.

Mediante dicho acuerdo, se solucio­naba el viejo problema de La Brea y Pariñas, terminando una larga contro­versia que perjudicaba al Perú en el ámbito petrolero mundial y que limitaba su capacidad de acción. La IPC devol­vió al país los yacimientos, más la su­perficie y los pozos, que superaban 3,000 unidades, estando en produc­ción más de 1,300. Lograda la recupe­ración, sin gasto de ninguna clase, mi gobierno procedió a inscribir en Regis­tros Públicos y en el Margesí de Bienes Nacionales, los citados bienes.

No se incluyó la vieja refinería por razones de peso: primero, como simple industria de superficie, nada tenía que hacer con la soberanía; segundo, era totalmente obsoleta desde el punto de vista técnico, pues la empresa, ante el peligro de una expropiación, se habla abstenido de modernizarla; tercero, la inmensa mayoría del personal con sus respectivos derechos, estaba vinculada a la refinación y comercialización. Ob­viamente, no convenía al gobierno asu­mir esas cargas La operación de los pozos, en cambio, sólo ocupaba un puñado de trabajadores en los puestos de control. Cuarto, mi gobierno había roto, previamente, el monopolio de la refinación al construir, en Lima, la gran Refinería de ‘La Pampilla’.

Para justificar el golpe, el gobierno de facto realizó la llamada ‘Toma de Talara’, oneroso gesto efectista que lo llevó a hacerse de la vieja refinería, lo que lo obligó a una gruesa inversión para modernizarla y a asumir pesadas obligaciones de la empresa, con respec­to a su personal.

Descubrió tarde el gobierno, que gran parte de los servicios, como el transporte marítimo, eran suministra­dos por cada compañía ajena y hasta la propia sede central de la empresa, ocu­paba un lugar alquilado.

Lejos de resolver el problema, la lla­mada ‘Toma’ creó un serio conflicto en el ámbito internacional, que se prolon­gó por varios años, la solución que nosotros auspiciamos, de no haber sido inconsultamente anulada, habría significado la armonía con la industria petro­lera mundial, en 1968. Se habría au­mentado, en libre competencia, la pro­ducción. El ‘boom’ petrolero de 1973, en que el precio del barril aumentó 20 veces, nos habría hecho beneficiarios y no víctimas de aquel acontecimiento, que ocurrió cuando ya no éramos ex­portadores sino importadores del oro negro. Tal fue, quizá, el mayor daño que el golpe causó a la República. Aún no se repone de él.

Acorralado el gobierno de facto, pri­vado de crédito para su desarrollo, tuvo que afrontar la ingrata realidad. Des­pués de haber asumido las obligacio­nes de la IPC, de haber permitido, de­saprensivamente, que se llevara apre­ciables sumas del país, incurrió en con­denable acto de entreguismo. Mediante el acuerdo Greene De la Flor, infan­tilmente camuflado, se hizo a la IPC un pago, bajo la mesa, por $ 23’157,875.07, el cheque lo extendió el Tesoro de los Estados Unidos, con cargo a recursos que, mediante el acuerdo citado, le confió el gobierno de entonces. A esa suma hay que agregar 17 millones por crudos impagos, más 5 por otros conceptos. Las obligaciones asumidas por el gobierno de facto, se estiman en millones de dólares. Los aparentes verdugos de la firma petrole­ra fueron, en realidad, sus benefacto­res. Fernando Schwalb, ex vicepresi­dente y Premier, ha escrito un conclu­yente libro sobre este tema.

El ‘Septenato’ o primera fase del gobierno militar
El viernes 28 de setiembre de 1968, en la que habría de ser la última sesión del Consejo de Ministros, aprobamos el decreto de convocatoria a las eleccio­nes generales de 1969. El panorama se presentaba tenso; la candidatura apris­ta no podía ser otra que la de Haya de la Torre, quien entonces frisaba los 73 años y se encontraba en buenas condi­ciones de salud. No parecía tener rivales peligrosos; Acción Popular había lanza­do la candidatura del vicepresidente Seoane pero, en el torbellino causado por la cuestión petrolera, distorsionada y magnificada por una propaganda in­tensa, que agradaba a los elementos de la extrema izquierda y, -caso increíble- tenía aceptación en algunos elementos de derecha que estaban lejos de sospe­char que serían víctimas del régimen legal que anhelaban crear, dio lugar a desavenencias internas en el partido. Ello evidentemente contribuyó a debili­tarlo en esos momentos difíciles. Los elementos antiapristas vieron con entusiasmo la ruptura del orden constitucio­nal. Habrían de pagar muy caro tan tremendo error.

Se habló de un pronunciamiento ‘institucional’, esto no era exacto. Si bien lo encabezó el Comandante Gene­ral del Ejército, no contó con apoyo de la Marina ni de la Fuerza Aérea, en la cual sólo algún acto aislado servirla para marcar, precisamente, la unidad institu­cional. Había un clima de tensión, es verdad, mas yo desoí las voces que me aconsejaban constituirme en otro lugar, porque mi sitio, por mandato popular, estaba en el Palacio de Gobierno. No es el caso repetir aquí los incidentes de aquellas noches, que están detallada­mente descritos en el libro ‘Conversa­ciones con Belaunde’, de Enrique Chiri­nos Soto. Basta anotar que el Coman­dante General de la Marina, vicealmi­rante Mario Castro de Mendoza, rehusó participar en el movimiento y asumir la cartera de Marina que se le ofrecía. Asimismo, el teniente general FAP José Galliardi, ministro de Aeronáutica, re­sistió el golpe en unión de sus colegas del gabinete Mujica, reunido en la sede de la Cancillería, que poco después fue allanada, deteniéndose a sus miembros.

Fui conducido al amanecer, con una caravana de vehículos blindados, hasta el aeropuerto, donde me esperaba -no un avión de la FAP- sino uno de la empresa privada APSA, con pilotos ex­tranjeros, a quienes advertí, con firme­za, la gravedad de la responsabilidad en que estaban incurriendo. Frustrado mi intento de regresar al Perú, en momentos en que en Argentina gobernaba un general adicto a Velasco, viajé direc­tamente a Nueva York. He relatado ya, en detalle, mis experiencias de un largo destierro.

El gobierno de facto se inició, como es usual en toda infracción constitucio­nal, con un llamado ‘Estatuto’ que asig­naba a la cúpula militar de entonces todas las prerrogativas. Siempre lo con­sideré una afrenta al país y el destino me reservó la satisfacción de destruirlo, al poner mi firma bajo la frase “mando se publique y cumpla’’, en la Constitución del 79. Me complace señalar que, en mis 10 años al frente del gobierno, mis actos siempre se ciñeron a los precep­tos de la Carta Magna, sea de 1933, en el primer caso, o de 1979, en el se­gundo.

Ante la oposición de Acción Popular y el desencanto del Apra, que esperaba elegir a su jefe, el gobierno, en acto que resultaría funesto para el país, se entre­gó a ideólogos de extrema izquierda que, sin ver más allá de sus narices, ni siquiera pensaron en el colapso del marxismo-leninismo que, irremediable­mente, habría de ocurrir. Eso dio lugar a una política de fuerte intervención estatal, proliferando las empresas pú­blicas. Destruidos por lo menos, en la primera parte, los canales de un crédito saludable, se les sustituyó por el crédito de proveedores y por préstamos del mundo comunista, cuyos términos, fue­ra de un régimen de competitividad, eran difícilmente controlables. La deu­da externa pudo definirse, en léxico bancario, como ‘una cartera pesada’. La agresividad, en materia petrolera le cos­tó al país enormes sacrificios, cuando el precio de ese producto aumentó 20 veces y nosotros, que habíamos sido exportadores, nos convertimos en ese momento crítico, en importadores. Se llegó al extremo de racionar la gasolina, restringiendo la circulación de todos los vehículos que debían alternarse de un día a otro, para disminuir la ruinosa demanda de combustible.

Proliferó la burocracia, a medida que se hinchaba, en forma mal sana, la mastodónica organización estatal. El nobilísimo Programa de Cooperación Popular fue sustituido por una institu­ción de adoctrinamiento político, lla­mada SINAMOS. Pronto se hizo osten­sible el repudio público hasta que, un 5 de febrero de 1975, el pueblo saqueó e incendió su sede central en Lima, en una cruenta jornada de triste recuerdo.

En el orden internacional prolifera­ban los viajes a Cuba y hasta el propio dictador, Fidel Castro, hizo una escala en Lima, a su regreso de Santiago a La Habana, marcada por una jovial frater­nidad con el general Velasco y sus inmediatos colaboradores. La página más dramática de aquel gobierno fue la que he relatado sobre el vergonzoso acuer­do con respecto a la IPC, compensada, por debajo de la mesa, en un acto que hizo las delicias del Wall Street Journal y del Washington Post, amén de cente­nares de órganos de difusión mundial.

Para dar una idea de los métodos que se empleaban en aquellos tiempos refe­riré que, con motivo del fallecimiento de mi madre, me constituí en el Perú para reunirme, brevemente, con mi atribula­do padre y mi familia. El gobierno de facto escogió para deportarme, nada menos que el día de Navidad en que, generalmente, hasta a los delincuentes comunes se les permite reunirse con los suyos. En el exterior se hacían gestiones para cruzar cualquier expectativa que se me presentara. El agasajo que me brin­dó un gobernante extranjero dio lugar, como me lo refirió él mismo, a una tensión con su país. Más tarde, cuando se confiscó a los órganos de difusión, pudo advertirse que el fin se aproxima­ba.

La Reforma Agraria tomó tintes re­vanchistas, lanzando a unos peruanos contra otros. Decayó la producción en haciendas que antes compitieron con los fundos azucareros más eficientes del mundo. Esta política surgió a raíz de los sucesos de Huanta, en 1969, en que una huelga estudiantil, en protesta por una reducción en la gratuidad de la enseñanza, se extendió a Ayacucho y Huancayo, dando lugar a una fuerte represión Fue el caldo de cultivo para el llamado Sendero Luminoso’. El propio Abimael Guzmán fue traído preso a Lima, poniéndosele en libertad, meses después, gracias a las gestiones de influ­yentes padrinos.

En estas circunstancias, las Fuerzas Armadas, actuando esta vez en forma institucional, derrocaron al general Ve­lasco, con el Pronunciamiento de Tac­na, asumiendo el mando el general Francisco Morales Bermúdez.

El pronunciamiento de Tacna y la ‘Segunda Fase’
Un año antes del Pronunciamiento del general Morales Bermúdez, en Tac­na, se había producido un hecho de gravísimas repercusiones internas y ex­ternas. Fue, en realidad, un escándalo internacional. Toda dictadura recurre, tarde o temprano, a la mordaza. El primer intento lo realizó el gobierno de Velasco, en 1969, en agravio del diario ‘Expreso’, de Manuel Ulloa que, como ex ministro de mi último gabinete, era constantemente hostilizado. Mas, con alguna prudencia, la dictadura dejó una cierta libertad de acción a los otros órganos. En 1974, en ocasión de la Fiesta Nacional, descaradamente el ré­gimen de facto se quitó la careta; ocupó militarmente las sedes de los órganos de difusión que confiscó, sin compensación, con el pretexto de que debían de estar en manos de organizaciones re­presentativas de organismos gremiales. Se produjo una enérgica protesta, en la cual desempeñaron papel destacado los dirigentes de Acción Popular. Muy pronto cayeron todos presos al Cuartel del Potao y, entre ellos, el propio Secre­tario General interino, Ing. Ricardo Monteagudo (el titular, José M. de la Jara, se encontraba en el exilio). Como el gobernante de entonces se había per­mitido declarar a la prensa extranjera, que yo vivía en los Estados Unidos por mi propia voluntad, adquirí pasaje para constituirme en el Perú. Mas, la línea Braniff pronto advirtió que en ‘la lista negra’ entregada por el gobierno, con los nombres de quienes no podían viajar al país, figuraba, en primer término, el mío. Dirigí, entonces, un cable, que conservo, al presidente del Comando Conjunto, manifestándole que estaba dispuesto a viajar para entregarme como jefe de Acción Popular, a cambio de nuestros dirigentes detenidos. Como no recibí respuesta, me constituí en Guayaquil, trasladándome a la frontera. Cuando intenté cruzar el puente de Aguas Verdes, los policías de investiga­ciones me manifestaron que estaba prohibido mi ingreso y que toda la fron­tera estaba resguardada para evitarlo. Regresé a Guayaquil, donde el gobierno de facto, presidido por el general Rodrí­guez Lara, en evidente inteligencia con su colega de Lima, Ordenó mi inmediata salida de ese país. Lejos de enfurecerme el incidente me hizo gracia y estuve tentado de parafrasear la canción: Un destierro más “¡Qué importa!”.

Los desmanes que he descrito, ha­blan colmado la medida. El Pronuncia­miento del general Morales Bermúdez era institucional: lo apoyaban todas las Instituciones Armadas.

Si bien el presidente de la segunda fase había colaborado, en la primera, no participó en su gestación. Había sido mi ministro de Hacienda, por breves meses, experiencia ampliada posterior­mente en distintas circunstancias.

Hombre de temperamento ecuáni­me y firme, pudo capear serenamente la transición entre una fase arbitraria y otra que habría de buscar el retomo a la vida institucional.
Es durante ese gobierno que se logró terminar el oleoducto del norte, lo que permite salir de la crítica situación ener­gética a la que se había llevado al Perú. Desgraciadamente, ello ocurre ocho años después del golpe del 68.

En el ámbito internacional, la muerte de Franco lleva al trono al Rey Juan Carlos, que habría de conducir a Espa­ña a una transformación sin sobresal­tos. En la Argentina, Isabel Perón es derrocada por el general Videla, que inicia una drástica persecución contra los montoneros, cuyos excesos eran también reflejo de la Guerra Fría. Es en esa época que mueren dos personalida­des notables: una que analiza la historia, Arnold Toynbee, y otro que la hace, Mao Tse- tung. El primero, exalta al Antiguo Perú, que se impone al reto geográfico; el segundo, inspira a ideólo­gos agitadores que habrían de sembrar la discordia en el país. Incurren en tre­menda equivocación: la leyenda de Mao se basa en su defensa contra el invasor extranjero. Sus seguidores, carentes de esos laureles, son simples repetidores de un pensamiento que no llegan a entender y que, ciertamente, para nada tuvo en cuenta la realidad andina.

El gobierno de Morales Bermúdez tuvo que enfrentar una difícil situación interna, especialmente en el orden la­boral. El paro total más exitoso, reali­zado en el país, ocurrió en ese período y constituyó una elocuente advertencia. Llegó un momento en que eran fre­cuentes las actitudes hostiles, con la gente uniformada. Con buen criterio, el gobierno convocó a la Asamblea Cons­tituyente que habría de reunirse entre 1978 y 1979.

Fue un acto de evidente rectificación histórica, Acción Popular no presentó candidaturas, mas no impugnó la Asamblea, contestando, por escrito, las consultas que se le hicieron. Fundamen­talmente, éramos partidarios de modifi­car, más no de sustituir la Constitución de 1933. Entre las reformas que me tocó sugerir, no estaba, por cierto, la eliminación de la pena de muerte por delito de homicidio calificado.

Al regresar del destierro, tuve la sa­tisfacción de ser acogido con tina elo­cuente manifestación en el aeropuerto, recorriendo después, todo el país en actos que eran claro presagio de la ge­nerosa y edificante victoria, que nos habría de dar la generosidad del pueblo peruano.

Al terminar el régimen militar que, en sus dos fases, duró 12 años, la deuda externa había aumentado 12 veces, en relación a la que dejamos en 1968, que no llegaba a 800 millones de dólares, la inflación era ya alarmante, con una tasa anual del 70% y, lo que es más grave, las empresas públicas que, en nuestro primer gobierno, no llegaban a 40, sobre­pasaban 200. Empero, no llegamos al gobierno con actitud revanchista o que­jumbrosa: asumimos el reto.

La mordaza arrancada, la libertad restaurada
Las elecciones de 1980 fueron muy reñidas. Se disputaban la Presidencia de la República nada menos que 15 candidatos. Resulté triunfante, en primera vuelta, con el 45.37% de la vota­ción. En segundo lugar estuvo Arman­do Villanueva con 27.40% y el tercero, Luis Bedoya Reyes, con el 9.27%. Los doce movimientos restantes, en su mayoría distintas facciones de la iz­quierda marxista, tuvieron entre 0.21 a 3.90%. Sumando las facciones anota­das, puede estimarse el electorado de la extrema izquierda, en ese momento, en 14.57%. Obtuvimos mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y, relativa, en el Senado, donde ganamos 26, de 60 curules. Hicimos un amplio llamado a la unidad nacional, recibiendo acogi­da en el Partido Popular Cristiano que, al sumar sus fuerzas a las nuestras, nos permitió alcanzar mayoría absoluta en el Senado. En este segundo periodo, a diferencia del anterior, no ocurrieron las balas que tuvimos que soportar en nuestros gabinetes, durante nuestra pri­mera experiencia gubernativa. Nuestro primer esfuerzo fue afrontar una situa­ción económica crítica, que nos impo­nía asumir un servicio de amortización e intereses que, cada año, habría de lle­varse recursos y divisas, correspondien­tes a la mitad de nuestras exportacio­nes. El gabinete presidido por Manuel Ulloa tuvo que hacer un reajuste, pues se advertía un notable retardo en la adecuación de los costos a la realidad. La inflación ya llegaba al 70% anual y era necesario estimular las fuentes del crédito internacional para el desarrollo.

Nuestro propósito fundamental, frente a la explosión demográfica, era aumentar el abastecimiento. Ello signi­ficaba extender la frontera agrícola, au­mentar la generación de energía, mo­dernizar y extender la vialidad. Pero también, en el orden cultural, era preci­so iniciar lo que llamamos ‘El quinque­nio de la educación’. Y, en el sanitario, terminar ambiciosas construcciones hospitalarias inconclusas, y difundir las postas médicas y sanitarias, así como la atención primaria de la salud. Uno de los programas más notables fue el de Deshidratación Oral, que salvó la vida de millares de niños.

La rutina gubernativa, como en el primer gobierno, era de trabajo tenaz y metódico. Se logró implantar una pun­tualidad que en el gobierno comienza por casa, es decir, en el Despacho Pre­sidencial.

Nuestras relaciones con los organis­mos mundiales de crédito para el desa­rrollo, fueron muy satisfactorias, aun­que no exentas de inevitables tensiones, especialmente con el Fondo Monetario Internacional. Mantuve, en todo mo­mento, un contacto cordial con sus diri­gentes. Cuando estuve en Washington, en 1984, me visitaron, en nuestra em­bajada, los presidentes del BID y del Banco Mundial, y el máximo dirigente del Fondo, señor de La Rosiere. Por el monto de la deuda externa, en algunos casos onerosa y, en otros, improducti­va, fue muy difícil la tarea de renegocia­ción, llevada a cabo cada año, en el Club de París, más nunca asumimos la absur­da posición de que no se trataba de ‘deuda nuestra’. Se trataba de obligacio­nes del país. Con respecto a la deuda con la Unión Soviética, en su mayor parte por adquisiciones militares, llega­mos a acuerdos para el pago en espe­cie, que no entrañaba sacrificio cambia­rio y que estimulaba la industria nacional.

Según el Banco Central de Reserva, los desembolsos recibidos del exterior, en el quinquenio 1980-85, fueron del orden de 7,130 millones de dólares: más los pagos que nosotros hicimos, en ese período, por concepto de amortiza­ción e intereses, ascendieron a 5,700 millones, lo que dio un saldo a nuestro favor, de 1,430. Estas cifras demues­tran que no fuimos nosotros los que endeudamos exageradamente al país. Realizamos grandes obras, siempre di­recta o indirectamente rentables. Sólo en el campo de la electricidad inverti­mos 2,000 millones de dólares, cam­biando débiles monedas por robustos kilovatios.

Sumando los dos períodos guberna­tivos, conectamos el 62% de la energía eléctrica instalada en el país, en un pro­ceso centenario. Realizamos la mitad de las grandes obras hidráulicas, a saber Tinajones, la mayor parte de Gallito Ciego, Pañe, Aguada Blanca y Condo­roma. La colonización vial extendió, notablemente, la frontera agrícola. Los 1,500 km. de carretera marginal y sus ramales viales y fluviales, dan acceso a un área que, potencialmente, duplica la extensión cultivada en el Perú. No falta- ron, por cierto, factores adversos. Por un lado, los embates de la naturaleza con los desastres climáticos de 1983, y los de la crueldad e intolerancia del terrorismo, de incuestionable origen fo­ráneo.

Los daños causados por las inunda­ciones, fueron estimados por el INP en 950 millones de dólares como pérdida de capital. Sufrieron las regiones de la Costa Norte, por torrenciales lluvias, y la del Altiplano, por severa sequía. Creo que la forma como enfrentamos esos desastres, es uno de los mayores logros de mi segunda administración. Se hizo una emisión de bonos de reconstruc­ción, de suscripción obligatoria, a partir de un cierto nivel de haberes, que la ciudadanía aceptó sin una queja, con ejemplar espíritu cívico. Ello nos permi­tió reconstruir la red vial, rehacer la irrigación del Bajo Piura, y reparar la Toma de Los Ejidos que, con tanto esfuerzo, habíamos iniciado. En Puno se iniciaron obras de irrigación, se ex­tendió la nueva vialidad hasta Yunguyo, y pudimos dotar a Juliaca de un campo de aterrizaje asfaltado que, por la altitud en que se encuentra, es el aeropuerto comercial más largo del mundo. Desde que lo pusimos en servicio, ha significa­do un notable espaldarazo a la región del Altiplano.

Pero, no todos los problemas son de fácil solución. Así como en nuestro pri­mer gobierno logramos erradicar a las guerrillas, en nuestro segundo, tuvimos que enfrentar una nueva consecuencia de la Guerra Fría: el movimiento terro­rista. Su origen se ubica en Huanta, en 1969, cuando yo me encontraba en el destierro.

Los desórdenes ocurridos allí y ex­tendidos a Ayacucho y Huancayo, que dieron lugar a la breve prisión de Abi­mael Guzmán, crearon gran inquietud en la Junta Militar. El resultado fue la radicalización de la Reforma Agraria en términos demagógicos y agresivos, que dieron lugar a un colapso agrícola que todavía estamos sufriendo. Los aconte­cimientos no pueden ser más sospecho­sos: el terrorismo ataca a la oficina de Registro Electoral en el distrito de Chus­chi, provincia de Cangalla la víspera de los comicios. La partida oficial de naci­miento antecede a la inauguración de mi segundo gobierno, que ocurriría el 28 de julio siguiente.

En 1982, se produce una fuga masi­va en la cárcel ce Ayacucho, en la que participan agitadores y narcotrafican­tes. Sin duda, se mantienen unidos en la clandestinidad y surge de allí una nueva fuente de financiación: la coca. Este es un hecho fatal porque la Guerra Fría entra a su fase final, que habría de concluir al fin de mi gobierno. Privado el terrorismo de recursos externos, tanto en dinero como en armas y pertrechos, encuentra una manera de asociar el crimen con el vicio. Ha terminado la Guerra Fría, pero no se ha erradicado, aún, la mala hierba de la criminal delin­cuencia.

Una vez más, la historia condena a los que se han equivocado: los importa­dores de ideologías foráneas. Su falta de imaginación los alejó de nuestras pro­pias y fecundas fuentes y los llevo, pri­mero, al calco de teorías inspiradas por otros medios, a la prédica de la lucha de clases en la región creadora de la Ley de Hermandad y las prácticas de violencia y genocidio que ahogaron a Camboya en un mar de sangre.

En el orden internacional, honra al Perú la elección de Javier Pérez de Cuéllar, como Secretario General de las Naciones Unidas. Aquel triunfo reafir­ma la prestancia del país, puesta en evidencia en actos visionarios del siglo pasado, en logros más recientes, como la Presidencia de la Asamblea de las Naciones Unidas, por Víctor Andrés Belaunde, en sus años iniciales, y de la Corte Internacional de La Haya, por Bustamante y Rivero, en mi primer go­bierno.

Más no faltan las pruebas imprevis­tas. Un desplazamiento militar ecuato­riano hacia el río Comaina creó, para nosotros, un incidente, ingrato como inesperado. Afortunadamente, nuestra rápida reacción y la eficaz intervención de las Fuerzas Armadas pusieron tér­mino a tan anacrónica actitud, no sin antes formular, por medio de nuestro Canciller, Arias Stella, la correspon­diente advertencia. Afortunadamente, lo que pudo ser un conflicto; no pasó de un incidente, oportunamente superado.
Nos tocó en el conflicto de las Malvi­nas, de 1982, desempeñar una labor decidida en pro de la paz. Infortunada­mente, no logró evitarse el choque, que en nada ha contribuido a la solución permanente de ese problema. Es con la mayor gratitud que recuerdo la reacción argentina, ante nuestra búsqueda de la armonía, entre dos naciones, cuya amistad interesa al mundo.

Al terminar mi segundo periodo, afrontados los daños causados por la Corriente del Niño, los indicadores mostraban la recuperación de nuestra economía.

Alan García, Presidente
El proceso electoral de 1985 se pre­sentó muy favorable al Partido Aprista. Su joven candidato. Alan García Pérez, con brillantes condiciones oratorias y reconocido dinamismo, no sólo desper­taba expectativas entre sus partidarios sino aceptación en ciertos sectores con­servadores. Su principal competidora habría de ser una conjunción de fuerzas de izquierda que unidas, bajo la hábil dirección del Dr. Alfonso Barrantes, habían incrementado su electorado. El alcalde de Lima, con serenidad y tacto, había logrado elevar el porcentaje de la llamada Izquierda Unida. Las fuerzas que habían actuado bajo mi gobierno -Acción Popular y el PPC-, infortuna­damente, no se pusieron de acuerdo para presentarse juntas a los comicios. Se hizo evidente que separadas, las candidaturas de los Drs. Alva y Bedoya no triunfarían en esas circunstancias. Los resultados lo confirmaron Alan García obtuvo el 45 74% de los votos y su más próximo competidor, Alfonso Barrantes, el 21.26%. En los comicios de 1980, los grupos de izquierda, suma­dos, apenas sobrepasaban el 14%.

Una actitud un tanto intransigente frente al reto de la deuda externa, creó una situación tensa, que habría de mar­car ese período. García declaró que no emplearía más del 10% del monto de las exportaciones en el pago del servicio de amortización e intereses. No había rela­ción entre ese porcentaje y el monto de la deuda.

Sin embargo, los primeros años hubo respaldo al gobierno, proveniente de distintos sectores, las organizaciones empresariales le brindaron evidente apoyo.

En 1987, cuando se realizaba en Lima una reunión de las naciones tercermundistas, en la que García se pre­paraba a participar intensamente, un hecho inesperado frustró ese propósi­to. El recientemente fallecido Willy Brandt, en gesto casi paternal, se esfor­zó en salvar el vapuleado certamen.

Antes motines ocurridos en los pe­nales de El Frontón y Castro Castro, el gobierno con evidente ofuscación y apresuramiento, buscó una solución in­mediata que restableciera el clima de tranquilidad durante aquel evento inter­nacional de su predilección. Lamenta­blemente, las drásticas medidas adopta­das para debelar aquellos motines, re­sultaron trágicas. En el penal de El Fron­tón, ante la obstinada rebeldía de los presos, se bombardeó el pabellón don­de estaban recluidos. En el de Castro Castro, con mayor irresponsabilidad, cayeron los insurrectos cuando ya se habían rendido. Unas 300 víctimas constituyen el saldo de aquella trágica jornada. La Guerra Fría, que en esos momentos llegaba a su término con la implantación de la perestroika y los encuentros cordiales de Reagan y Gor­bachov, mostraba en este lejano y sacri­ficado país estertores, trágicos. Los de­tenidos, a lo largo de varios años, se habían organizado en los penales y mantenían una actitud casi siempre agresiva.

El divorcio del gobierno con el mun­do financiero internacional, especial­mente con organismos como el Fondo Monetario y el Banco Mundial, hizo muy difícil su tarea. Las pocas obras que se impulsaron, como la irrigación Chao y Virú (Chavimochic), tuvieron que ha­cerse con financiaciones privadas, sin la ayuda de las agencias internacionales. Felizmente, la represa de Gallito Ciego pudo terminarse con su adecuada finan­ciación inicial, faltando sólo las tareas finales. Algo similar ocurrió con la cen­tral de Carhuaquero, a la que sólo falta­ban los últimos toques.

A mitad de su gobierno, García asu­mió una actitud drástica en un intento de nacionalizar lo que quedaba de la banca privada. La medida cayó de sor­presa e interrumpió, bruscamente, las buenas relaciones del gobierno con los sectores financieros nacionales.

Hubo un largo debate en las Cáma­ras en que se trató de encontrar algún camino racional de solución al impase creado. Hubo intervenciones razona­das y cuerdas y también obstinadas, cuando se trataba de algunos agresivos voceros del gobierno. Yo mismo propu­se una fórmula que, sin arrinconar al gobierno en una posición embarazosa, permitiera una salida legal conveniente, orientada a la modernización y concor­dancia de la frondosa legislación banca­ria.

La protesta se extendió hasta las plazas públicas. Mario Vargas Liosa li­deró la mayor concentración, perfilán­dose su próxima candidatura presidencial. El problema se empantanó, no sin dañar gravemente al régimen del presidente García. Por lo demás, su enfren­tamiento con el Fondo Monetario In­ternacional fue cada vez más tenso. El Perú entró al proceso hiperinflacionario más severo de su historia.

Fuera de los infortunados sucesos de los penales, el gobierno se desenvolvió dentro de prácticas democráticas. La libertad de expresión fue respetada y el proceso electoral se llevó adelante, nor­malmente.

Reinaba en el país una voluntad de cambio. Se hacía evidente que la candi­datura aprista de Alva Castro, no sería una carta de triunfo. Se advertía una tendencia generalizada para la búsque­da de la unidad democrática, perfilán­dose la figura de Vargas Llosa que, fuera de su brillante trayectoria literaria, se había destacado, recientemente, en la controversia bancaria.

Correspondía papel importante a Acción Popular y al PPC que, al renun­ciar a justas expectativas presidencia­les, habrían de volcar su apoyo a esa candidatura. Para acentuar la extensión de su respaldo, los elementos indepen­dientes adictos se organizaron en el Movimiento Libertad. Todo parecía anunciar una victoria holgada. Sólo se logró un triunfo ajustado, en primera vuelta, correspondiendo a Vargas Llosa el 27% y a Fujimori –un candidato de sorpresa– el 24%. Entre ellos era evi­dente que el primero no buscaría acer­camiento con el gobierno saliente; lo efectuó el segundo, vinculado al presidente Alan García, obteniendo el franco respaldo aprista y de los elementos de izquierda, acreditado por misiones en todo el país, cumplidas por destaca­dos emisarios.

El 28 de julio de 1990 asumía el mando el Ing. Alberto Fujimori Fujimo­ri, candidato de ‘Cambio 90’, en la pri­mera vuelta, reforzado, en la segunda, por el definitorio apoyo del gobierno saliente.

Juego de azar... en las ánforas
El ingeniero Alberto Fujimori, ex rector de la Universidad Agraria, con una formación académica sólida, deci­dió incursionar en política. Era un pri­merizo en ese campo. Tomó todas sus seguridades. Como los hípicos prácti­cos se apuntó a ganador...y placé. Se amparó en un precepto absurdo que permite postular, al mismo tiempo, a una senaduría y a la presidencia de la república. Es un precepto irreverente, aunque válido. Quien aspira a la jefatura del Estaco no debe buscar “premio de consuelo...”. Sin embargo, hay que re­conocer que, estratégicamente, la juga­da le dio frutos.

Esa victoria inesperada, en segunda vuelta, ha dado lugar a una campaña orquestada contra los partidos. Se ha­bla, despectivamente, de la ‘partidocra­cia’ que, a la postre, disueltas las Cáma­ras, nombrado a dedo el Poder Judicial, ha sido sustituida por la ‘factocracia’, es decir por el gobierno sin doctrina y sin rumbo, un nuevo juego de azar. Se tira por la borda la Constitución del Estado y se convoca a una asamblea que, mor­talmente invalidada, tendrá la misión de aprobar una carta, a medida y gusto del gobernante, con habilidad de sastre...

La estrategia del gobierno, a falta de obras públicas, ha sido la de criticar a los “gobiernos anteriores”. Más, han pasa­do más de dos años y debería respon­der, más bien, por sus propias omisiones. Hasta el 5 de abril, en que se rebeló contra la Constitución, era reconocido por todos como régimen legal. Inclusive el empeño por la reinserción al mundo financiero y crediticio así como el es­fuerzo, abnegadamente sobrellevado por el pueblo, para reducir la inflación, tuvo significativo respaldo. Sin embar­go, el que no pudo hacer partido con el llamado ‘Cambio 90’ se las ingenió para agregar otro nombre ‘Nueva Mayoría’, para presentarse a unos comicios mar­cados por el ausentismo de Acción Po­pular, el Apra, Libertad y otros movi­mientos.

Ante el rechazo internacional en un mundo que ha tomado decididamente el camino de la democracia, en un pro­ceso final de las últimas dictaduras que, con ésta, sólo son tres en el hemisferio, el Perú, país rector en nuestro ámbito internacional, ha sido llevado al banqui­llo de los acusados en la OEA. Hemos descendido hasta allí desde la Secretaria General de las Naciones Unidas, desempeñada por un eminente diplomáti­co peruano durante diez años consecutivos. Es el alto precio que estamos pagando por los desmanes del 5 de abril.

Estalla el terrorismo urbano
Si bien desde algún tiempo el teatro de operaciones del terrorismo, estaba sobrepasando los límites rurales de su ofensiva inicial en Ayacucho, Huanca­velica y Apurimac, a partir del golpe de abril, apareció en Lima, con caracteres alarmantes. El ataque al centro comercial de San Isidro, cuyas heridas están aún visibles, causó inmensa y millonaria destrucción. La sede de PetroPerú da una idea de la magnitud de los daños. La destrucción del Canal 2 de televisión, que costó la vida a esforzados periodis­tas, extendió sus daños a todo un barrio. El hospital del Seguro Social, a 500 metros de distancia, perdió la tercera parte de sus ventanas en aquella noche trágica. Otros atentados dañaron Pe­trogas y el Museo de la Nación y, en el ataque a la sede de ILD, ni siquiera se respetó al santuario nacional del Reduc­to de Miraflores. Pero fue en ese distrito donde la tragedia destruyó edificios en­teros y causó numerosas víctimas, sacri­ficadas en la intimidad y la santidad del hogar... La captura de los responsables es un éxito reconocido por todos. Sin embargo no exime al gobierno del cum­plimiento de su principal trabajo que es, precisamente: "dar trabajo". El país pa­dece, efectivamente, la más seria rece­sión, con energía severamente raciona­da y el mayor desempleo de su historia.

A manera de síntesis y pronóstico
En el orden internacional ejercen profunda influencia las personalidades de Roosevelt, Churchill y De Gaulle. La de Stalin, que destaca durante la Gue­rra, se derrumba al conocerse las arbi­trariedades y excesos de su gobierno. Churchill, gran comunicador, muestra magistralmente cómo una actitud re­suelta y firme puede levantar el ánimo de un pueblo en trance de derrota. De Gaulle encama, en modalidad distinta, la paciente y tenaz resistencia, final­mente compensada con el triunfo. Pero no puede negarse que no se habría conseguido la victoria sin la interven­ción de Estados Unidos y el vigoroso liderazgo de Franklin D. Roosevelt. Pro­tegida por la distancia, esa gran nación pudo constituirse, sin riesgo, en el arsenal de la democracia que hizo posible el triunfo. Más tarde, la juvenil figura de John Kennedy despierta simpatía en el hemisferio y su propuesta sobre la ‘Alianza para el Progreso’, es bien reci­bida. Balas asesinas detienen ese esfuerzo.

Recientemente, el liderazgo conser­vador de Margaret Thatcher despierta universal admiración. Mas, en lo que atañe a Latinoamérica, la ‘Dama de Hierro’ se excede en la bélica reacción ante el conflicto de las Malvinas. Prefie­re el impacto de un éxito militar, que daría inmediatos frutos electorales, a la paciente y pacífica tarea de la negocia­ción diplomática.

Volviendo atrás, destaca la figura de Mao Tse-tung que, infortunadamente, tiene inconsultos seguidores. Olvidan que su leyenda se basa en la defensa de su pueblo, frente a la invasión japonesa, mucho más que en su prédica ideológi­ca. En algunos casos, se desvían por el camino de la violencia. La violencia, que se explica en la guerra, es inadmisi­ble en la paz.

Pero, estos 50 años se caracterizan por su arrollador adelanto tecnológico, que da lugar a la conquista del espacio. Werner von Braun, inventor de los co­hetes dirigidos, es su gran pionero. In­conforme con el nazismo, se aparta de Alemania y se radica en Estados Uni­dos, como lo hace el propio Einstein. Alexander Fleming desarrolla los anti­bióticos iniciando una transformación de la Medicina. Los soviéticos logran poner a Gagarin en el espacio, pero la victoria espacial corresponde a los Esta­dos Unidos: Neil Armstrong es el pri­mer hombre en pisar la Luna. Separa­das por 500 años, están la conquista espacial y el descubrimiento de Améri­ca. La diferencia es que, en éste, la acción del hombre es determinante: el aspecto tecnológico no es innovador, las carabelas son sencillos navíos bien conocidos. En cambio, en aquella con­quista del espacio, la obra se debe a la comunidad científica, más que hazaña individual –sin restar méritos a los astronautas– es obra colectiva.

Al terminar el siglo, vemos menos misterio en los astros, pero no los cono­cemos plenamente como ocurría con los europeos del siglo XV, con respecto a los secretos de nuestro hemisferio.

Pero tan importante por lo que crea, este siglo se caracteriza por lo que elimi­na. Primero viene el colapso del totalita­rio nazi-fascismo, gobiernos basados en la arbitrariedad y la fuerza, hábiles ma­nipuladores de la propaganda, llevan a sus países a la ruina. Después de atemo­rizar al mundo, desde un pedestal ima­ginario, caen al abismo. Se extirpa del mundo aquella amenaza.

Por otro lado, el colapso del marxis­mo-leninismo, con sus violentas derivaciones, llega a su fin en la propia Plaza Roja del Kremlin. Surge la figura de Mijail Gorbachov que tiene el coraje de enrumbar a sus pueblos hacia difíciles, pero necesarias rectificaciones. El co­munismo ha fracasado. Los pueblos que se entregaron a él, están lejos de disfru­tar el holgado nivel de vida de las nacio­nes europeas. Los satélites que tienen la ingrata tarea de “exportar la revolución” entran en decadencia o tienen contados sus días. Tal es el caso de Fidel Castro, que convirtió a su isla en cabe­cera de playa para difundir la discordia en el hemisferio.

El fracaso del marxismo-leninismo deja sin piso a sus seguidores latinoamericanos que, de la noche a la mañana, pierden su sustento ideológico. Es el precio que pagan por haber buscado liderazgo intelectual foráneo.

La China, inmensa en territorio, en población y en experiencia, desapareci­da la figura de Mao y erradicado el peligro extranjero, evoluciona con se­renidad y firmeza por caminos más se­guros y promisorios. Se abre una nueva página en la historia de la humanidad.

Y, al Perú, ¿qué le enseña este medio siglo? Fundamentalmente, que las influencias universales son inevitables y, en muchos casos, benéficas. Mas, cuando el país olvida sus propias raíces, el invalorable legado de su propia cultura, cuando busca fuentes ideológicas forá­neas, alejándose o ignorando las suyas, pierde su admirable originalidad, des­aprovecha su facultad creadora.
Tenemos que ser abiertos a las inno­vaciones científicas y técnicas que ele­ven el nivel de nuestra calidad de vida, pero cautos ante la penetración ideoló­gica que signifique destrucción, miseria y muerte, en un suelo que sólo quiere ser santuario de paz y armonía.

La era espacial vence el aislamiento, que es el mayor desafío de la región andina. Va a acelerarse el desarrollo: vamos, al fin, a integramos. Dios quiera que sea en una democracia identificada con el medio Porque el Perú ha sido, es y debe seguir siendo, un país de recio carácter, de inconfundible personalidad creadora.

lunes 18 de agosto de 2008

FERNANDO BELAUNDE TERRY por Enrique Moncloa Diez Canseco

Antes de viajar a Máncora, leí un artículo sobre el estado de salud del Presidente Belaunde, en el cual el arquitecto declaraba, en lenguaje popular, que estaba "vivito y coleando". En Máncora, escuchamos con dificultad una radio ecuatoriana de Guayaquil, que anunciaba el sensible, lamentable y triste fallecimiento del Presidente Belaunde. Por estar ausente de Lima, no pude participar del velorio, ni del sepelio, ni de los actos relacionados con sus exequias.

Al llegar a Lima, tuve la oportunidad de ver imágenes de esas tristes ceremonias, las populares y las oficiales, de escuchar parte de algunos discursos y de leer una serie de elogiosos artículos sobre la vida y la obra del Presidente Belaunde.

No voy a referirme en este escrito a las virtudes y valores del Presidente Belaunde, como persona, profesor, político, gobernante y hombre de Estado, porque sobre todo ello ya se ha escrito bien y bastante y si yo insistiera en esas apreciaciones, este artículo resultaría, necesariamente, repetitivo y redundante. Además, he tenido oportunidades de ver y escuchar al Presidente Belaunde, en programas televisivos recientes, recuentos de los más importantes momentos de su vida política en las fotografías tomadas durante años, por su amada Violeta.

Yo le decía al Presidente Belaunde, amigo y pariente. Sobre esto es que voy a borronear, como decía mi abuelo, unas líneas al vuelo de la pluma.

Ya se han efectuado menciones a su niñez, a su vida de estudiante, en el extranjero y su vocación y actuación como profesor, en el Perú y en el exterior.

El Presidente Belaunde amaba enseñar a la juventud. Fue un excelente profesor, inteligente y culto y cautivó a sus jóvenes alumnos que lo hicieron su líder político. Prácticamente, cronológicamente, Belaunde ingresó a la actividad política a la mitad de su vida. No voy a escribir sobre él, como político, ni como gobernante, porque calificadas personas, de todos los ámbitos políticos –salvo algunas excepciones– ya lo han realizado, en forma elocuente y justamente elogiosa.

Voy a referir sólo algunas anécdotas personales, que por ser privadas y de épocas pasadas, muchos jóvenes de hoy desconocen.

En primer término, desearía escribir que el Presidente Belaunde era mi pariente cercano, pues los dos descendemos de uno de los tres famosos generales Diez Canseco, Pedro, Manuel y Francisco, a su vez, hermanos de Francisca, la esposa del Mariscal Ramón Castilla y Marquezado.
Mis primeras relaciones amistosas con el Presidente Belaunde, se produjeron cuando él con 32 amigos organizaron el Club La Honda, en una playa del sur, en la que él se construyó una casa playera y vivía frente al mar que tanto amaba.

Yo, como abogado, redacté y autoricé la minuta de constitución de esa Asociación. Posteriormente, el Presidente Belaunde, gran aficionado a la fiesta brava, a las corridas de toros, no sólo toreaba como aficionado, sino que no se perdía una corrida en Acho. Como aficionado, toreaba con su gran amigo el arquitecto Gabriel Tizón, con sus amigos, Fernando Graña, Tuco Roca, Fulvio Da Fieno, los Aramburú y los Solari. Alguna vez dimos algunos capotazos el mismo día. El Presidente Belaunde, cuando iba a la Plaza de Acho, no iba al Palco Presidencial, salvo ocasiones protocolares, si no a un cuarto que tenía al lado de la salida de los toriles, cuarto al que invitaba, casi siempre a sus amigos Tizón, "Panamo Solari" y algún Aramburú. Cuando los maestros le brindaban la faena de muleta y la suerte suprema de un toro, él compartía las ovaciones con los toreros triunfadores.

Un grupo de amigos, amantes del arte moderno, decidimos crear, en reemplazo de la Galería Lima, el Instituto de Arte Contemporáneo (IAC). Entre los que fundamos ese instituto estaban Fernando Belaunde, Manuel Mujica, Manuel Checa, Fernando de Szyszlo, Luis Miró Quesada Garland, Joaquín Roca Rey, Jorge Piqueras, Alfredo Ruiz Rosas, Emilio Rodríguez Larraín Balta, Francisco y Benjamín Moncloa y yo, que redacté y autoricé la minuta como abogado del IAC.
Las dos últimas veces que estuve con el Presidente Belaunde, fue en los homenajes que la Universidad de Lima le tributó a nuestro común amigo el Embajador Javier Pérez de Cuéllar. En esa oportunidad lo ayudé a bajar unas escaleras. La última fue en el homenaje de ‘El Comercio’ a nuestro también común amigo, el filósofo Francisco Miró Quesada Cantuarias. Allí estuvo con Francisco Morales Bermúdez, de quien Belaunde recibió la Banda Presidencial –en 1980– y nuestro querido amigo el Presidente Valetín Paniagua Corazao.

Cuando terminé mi exposición, el primero que se me acercó fue él y recordamos aquello de "amigo, pariente y Presidente".

En un discurso oficial de homenaje al Presidente Belaunde, se le considera como uno de la trilogía de la intelectualidad política más destacada del Perú en el Siglo XX. Es cierta la importancia de Mariátegui y de Haya de la Torre, pero si nos referimos a los más destacados intelectuales peruanos del siglo pasado, no podemos dejar de citar a José de la Riva Agüero y Osma, a Víctor Andrés Belaunde Diez Canseco, a Raúl Porras Barrenechea, a José Luis Bustamante i Rivero, a Jorge Basadre y muchos más, entre los que destacan –a mi juicio– dos, cuyos valores, sobrepasaron las fronteras del Perú y que no consignaré, porque los dos, felizmente, están vivos y activos.

El Presidente Belaunde amó a Dios, a su patria y a todos los peruanos, sin excepciones, gobernó democráticamente para servir a su pueblo, a todos, sin diferencias, dentro de esa "hermandad" que tanto amaba y siempre con fe y optimismo, buscando –al lado de su amada Violeta– recorrer el camino que lo condujera a lograr la felicidad y el bienestar de su pueblo, pensando en el porvenir y marchando, sin pausa, mirando siempre, hacia… adelante.

ENRIQUE MONCLOA DIEZ CANSECO – Revista Club Regatas - 2004.

jueves 7 de agosto de 2008

DISCURSO DE FERNANDO BELAUNDE TERRY EN AREQUIPA EL 12 DE JULIO DE 1962

En los momentos decisivos que vive la República, queremos acudir a los pueblos de actitud cívica, con fechas heroicas en la historia, para evitar que unos cuantos capituleros puedan decidir los destinos del Perú; consta al pueblo la serenidad con que hemos encarado estos benditos 32 días de espera pacientes y que no hemos querido provocar una situación de fuerza.

Por eso, el lunes en Lima, dimos un plazo que va a vencerse al terminar este discurso. Y por eso estoy en el deber cívico de ponerme a la cabeza de este pueblo, para que todo el Perú sepa que no toleraremos que se tuerza la voluntad popular.

Yo tengo que cumplir el deber de decir los antecedentes de este histórico proceso y los antecedentes de la realización del fraude.

Nosotros pedimos con varios años de anticipación un Estatuto Electoral al que arreglara la formación de un Jurado idóneo, pero este proyecto fue considerado prematuro por los que ya tenían el propósito de torcer la voluntad popular. Y fue archivado.

Y cuando se debatió, lo primero que se suprimió fue la composición del Jurado y la cédula única, que hubiera puesto en igualdad de condiciones a todos los candidatos y partidos.

Pero el Gobierno prevaleció durante todas estas elecciones y propició el voto de menores de edad y analfabetos en ánforas con ponche de votos a favor del candidato continuista para frustrar la esperanza de un pueblo y de un partido, deseoso de sentar una nueva organización y sacar al país del atraso y poner en su sitio a los explotadores.

Fuimos a este proceso porque comprendimos que más que el fraude que sustrajera votos de las ánforas podría el pueblo respondiendo con su puño.

Dijimos que no iríamos a componendas ni a conversaciones preelectorales y por eso no tuve entrevistas ni con funcionarios del Gobierno ni con nuestros adversarios y salimos solos a la lucha, porque como dice Nietzsche “Los hombres fuertes van solos”, y en este caso no me refiero a mí persona, sino al hombre fuerte que es nuestro y que es colectivamente el pueblo peruano.

Pero, advertimos, que en la e2 -tapa post-electoral, una vez expuesta la opinión ciudadana, aceptaríamos las conversaciones que fueran necesarias para dar al nuevo Gobierno la estabilidad y la solidez que se requiere para lograr los destinos del pueblo peruano y cumplir un programa con ideología de renovación.

Por eso, en momentos de gran tensión, aceptamos conversar con representantes adversos, con altura y sin claudicación. Y si esas conversaciones no han llegado a un resultado ha sido porque Acción Popular no claudica en su posición programática e ideológica, y porque mantiene su acusación contra el fraude para que sea conocido por todos y se abra el camino de la verdad y la justicia.

Todos los partidos celebramos la participación de las Fuerzas Armadas en el proceso, pero no todos están acatando el veredicto o informe o pruebas que ellas presentan al terminar el proceso. Nosotros damos la bienvenida a los Institutos Armados, no porque puedan favorecernos, sino porque su misión es la de defender el territorio patrio.

La participación de las Fuerzas Armadas significa garantía de verdad y de pureza.

Por eso escuchamos con estupor el informe legal de las Fuerzas Armadas que señala a siete departamentos del norte del Perú en este fraude que está ignorando el Gobierno que termina.

Ante esos hechos había dos caminos para remediar la ruta torcida: primero la vía de la justicia que hiciera el propio Jurado Nacional de Elecciones y el otro, la vía de la conciliación.

Nosotros esperamos imparcialidad del Jurado y no que se pusiera al servicio incondicional del Gobierno y de un partido político, sino al servicio de la patria y de sus más altos intereses.

Ante su sospechosa actitud aceptamos la figura conciliatoria, en la que pedimos se respetara el veredicto ciudadano. Pero no podemos llegar al terreno de la claudicación. Por eso sigo el camino riesgoso y difícil del cumplimiento del deber.

Sólo el lunes, cuando advino el tremendo conflicto entre las Fuerzas Armadas y el Jurado Nacional de Elecciones, fue cuando concurrí a la televisión para dar un plazo que va a vencer dentro de pocos momentos.

Plazo amplio para que el Jurado enmendara rumbos, para que rectifique sobre todo sus juicios sobre Amazonas y La Libertad, enmendando la decisión partidista interesada que el Gobierno quiere para tener así un Parlamento que le defienda sus intereses.

No podemos permanecer un día más en esta situación de tensión. Es evidente que las Fuerzas Armadas se encuentran vejadas por el Jurado irresponsable que no ha sabido aquilatar las pruebas que estos Institutos Armados le enviaron sin sentido partidarista.

Por eso es que hoy las FF. AA. han dado un comunicado en el que señalan que ha habido un fraude y que han presentado pruebas irrefutables de este atentado contra la voluntad popular.

Queremos buscar una solución definitiva y vigorosa. Al terminar el plazo el JNE debe quedar relegado a donde lo ha colocado su acción tan censurable, y AP debe exigir la constitución de un Tribunal de Honor, que puede presidir el Cardenal del Perú, que reciba todos los procesos de los departamentos que han sido objetados por las FF. AA. y en los cuales hayan denunciado la consumación del fraude.

Esta noche el pueblo peruano y el pueblo de Arequipa tienen la responsabilidad de terminar su conflicto y por eso he venido aquí a entregar al primer comandante de esta plaza, que me ha recibido con cortesía, las condiciones que he pedido que transmita a la superioridad, porque esta noche debe nombrarse el Tribunal de Honor que haga la justicia que no hizo el JNE.

Tenemos aquí una honrosa tradición cívica. En los momentos más graves de la vida republicana el pueblo arequipeño ha demostrado su valor en calles y plazas.

Por eso he venido, porque el momento es grave y me toca estar a la cabeza de este pueblo cumpliendo con el lema de ¡Adelante! que es tanto para civiles como para los militares.

Pido al pueblo la mayor compostura y que sólo obedezca las órdenes que le impartiré personalmente, porque Arequipa ha resuelto terminar de una vez por todas con el fraude.

Si el gobierno no acepta nuestro pedido, no en beneficio de nuestro interés partidario, sino para elevar el proceso a la altura de la majestad que debe tener, me veo en el caso de declarar que permaneceré aquí en la vía pública, hasta que nombren al Tribunal de Honor. Esperaré aquí, seguro de que cada uno de los hombres permanecerá en sus puestos, sintiendo en sus venas el calor de la sangre de sus antepasados. Me acompañarán con su presencia cívica para que ceda el gobierno en la capital. En muchos otros lugares el pueblo toma similar actitud en camino derecho, aunque se resista a ello el gobierno.

Sólo que aquí no se acoja en el curso de esta noche nuestro pedido, nos obligará a la necesidad de deponer al Gobierno y sancionar sus faltas.

Preparémonos, pues, para una noche buena en las calles de Arequipa, y cuando llegue la noticia de que hemos triunfado, el pueblo de Arequipa sepa que es el triunfo de su deber, a la letra de su Himno, y su lema de Blanca y Heroica Ciudad.

Una actitud serena vale más que una actitud violenta. La violencia no es más que la enemiga de los necios y nosotros no somos necios. Por eso permaneceremos aquí en esta calle.

Después preguntó a la masa: ¿Resueltos a todo? Y la respuesta fue: “Sí” ¿Y en el caso de que llegue la hora de peligro lucharemos? – preguntó nuevamente. Fue ¡sí! la respuesta. En ese caso habré tenido el privilegio y el honor de marchar a la cabeza del pueblo. Voy a confundirme. No acertemos provocaciones: nuestro propósito es pacífico y no vamos a actuar contra el derecho de nadie, sino que vamos a defender el derecho de todos.

Sugiero que nombremos una comisión que se constituya ante el comandante general de Arequipa y ante la autoridad política para recabar la respuesta que esperamos y sin la cual esta manifestación no habrá de disolverse de ninguna manera. Yo propongo a Jarufe, Jorge Vásquez y Lino Martínez. Nosotros pedimos un Tribunal de Honor cuyos fallos yo acataré y acatará mi Partido. Si esto no ocurre, desde esta tribuna tendremos que hacer llamados más radicales y todos juntos haremos cumplir esas demandas.

miércoles 6 de agosto de 2008

EL PERU COMO DOCTRINA - Dr. Valentin Paniagua Corazao

Este es un acontecimiento histórico, no sólo por el escenario en que se lleva a cabo que es el Senado de la República, teatro de las últimas actuaciones políticas oficiales por parte del Presidente Belaunde como senador vitalicio, sino por la señalada circunstancia de que se han dado cita con nosotros, dos hombres que encarnan y simbolizan las realizaciones más preciadas de un demócrata que este país podía alcanzar.

Luis Bedoya Reyes, que fue el primer alcalde elegido por el pueblo de Lima al cabo de medio siglo de conculcación de los derechos ciudadanos y del derecho del pueblo peruano a elegir a sus legítimos gobernantes, cumpliendo, precisamente, aquella frase que era la voz de mando para el renacimiento de la democracia en el Perú y que Fernando Belaunde pronunciara en los tres primeros minutos de su mandato y que fue todo el tiempo que le tomó restablecer la vida democrática municipal en el Perú cuando dijo: "Los últimos serán los primeros" y convocó, de inmediato, a cabildos abiertos, en todas las capitales del distrito del Perú.

Aquí está también el presidente Alan García Pérez que asume constitucional y regularmente la presidencia de la República el 28 de julio de 1985, luego de vencer a quien presente aquí, también, don Javier Alva Orlandini que encabezara las huestes de Acción Popular. No me he referido a él al comenzar este discurso como presidente del Tribunal Constitucional, porque lo sentimos esta tarde más cerca de nosotros como el Presidente del Frente Nacional de Juventudes Democráticas. Pero la presencia del Presidente García esta tarde tiene un profundo simbolismo también democrático. Él, al cabo de 70 años, fue el primer presidente que asumía constitucionalmente la sucesión ordenada en este país, interrumpida permanentemente por las autocracias y los golpes de Estado.

A mí se me encomendó esta tarde -y no he de abusar de la paciencia de ustedes- decir unas cuantas palabras de agradecimiento a quienes participaron en este acto, en mi condición de presidente del Partido Acción Popular. Declaro, con entera franqueza, que conmovido profundamente por las expresiones que aquí se han vertido es mi obligación, tal vez, hacer algún comentario que puede no resultar superfluo.

Quiero decir, en primer término, mi gratitud. Mi gratitud al doctor Luis Bedoya Reyes que, con sus palabras y con las anécdotas que aquí nos ha traído, a veces en lenguaje festivo, ha querido presentarnos un testimonio histórico y vital, absolutamente indispensable en una hora en que la confrontación y las discrepancias ponen tanta distancia entre los actores políticos y en una hora que como ha dicho bien el Presidente García es indispensable impartir lecciones de tolerancia, de respeto y de civismo al pueblo del Perú.

A él con el que compartimos afanes y luchas en obsequio de la democracia, que bajo la alianza Acción Popular - Democracia Cristiana, libró batallas denodadas en este mismo Congreso y, fuera de él, le decimos nuestro reconocimiento por la generosidad con que ha querido honrar esta tarde la memoria de Fernando Belaunde.

Al doctor Alan García Pérez, que nos ha traído una riquísima glosa del pensamiento de Fernando Belaunde podríamos decir un poco festivamente pero con enorme afecto: Ha sido, por cierto, usted un aprovechadísimo discípulo de quien fuera un gran caudillo, como Fernando Belaunde.

Y ahora, permítaseme, hacer un comentario. Decía el doctor Luis Bedoya Reyes, que él no entendía y que nadie había podido explicarle el Perú como Doctrina, y que él percibía que la gente en el Perú sentía y vivía eso que Fernando Belaunde llamaba el Perú como Doctrina. Tal vez no ha reparado que eso es precisamente una doctrina: una convicción y un sentimiento capaz de mover voluntades, capaz de expresarse en la solidaridad, en la alegría de la creación colectiva, en lo que Fernando Belaunde llamó la Ley de la Hermandad que no es otra cosa que la ley laica de la caridad cristiana.

A él que es un social cristiano podríamos decirle: El Perú como Doctrina es el Perú con sus tradiciones ancestrales, con sus costumbres y sus usos recordándole al mundo moderno y occidental que, por encima y más allá de las creaciones de la ciencia, el hombre, para convivir necesita solidaridad, el hombre para sobrevivir necesita generosidad, el hombre para convivir necesita ética, y por eso resulta tan importante el tríptico moral andino que hemos recordado siempre: veracidad, honestidad y laboriosidad. Eso es el Perú como Doctrina.

Se ha hecho esta tarde interpretación certera y justa del pensamiento de Fernando Belaunde, no solamente en su capacidad de percepción de las ilusiones más profundas del pueblo del Perú y en su acierto genial de recoger los legados históricos de nuestra Patria. Se ha destacado, con justicia, cómo en Fernando Belaunde la pasión creadora y de la obra pública no es la ambición egoísta del hombre político que pretende perpetuarse en la obra como monumento a su vanidad personal, sino en la entrega devota del servidor, del primer servidor de la República en obsequio de pueblos necesitados para satisfacer las necesidades urgentes también e impostergables del pueblo.

Él hizo de la obra pública un instrumento para exaltar y para mejorar la vida de un pueblo en cuyas necesidades pocas veces los gobernantes repararon. Nadie como él, recorrió los caminos de la patria para conocer la miseria, el hambre, la desesperación; pero también la fe y la esperanza del pueblo del Perú.

Porque Belaunde comprendió perfectamente la necesidad profunda de nuestra patria, su obra aparece siempre identificada con el pueblo mismo. Por eso, él podía decir -como lo dijo- sin atribuirse el mérito de su realización: "El pueblo. El pueblo lo hizo".

Ésta es una hora, por cierto, dramática y difícil. Nos sorprende este 4 de junio en una circunstancia en que la memoria y la presencia de Belaunde deben servir de reflexión y meditación al Perú. La patria requiere el concurso de todos. Nosotros, en Acción Popular jamás rehusaremos nuestra participación -como estoy seguro ningún demócrata ni peruano genuino lo hará- para robustecer y sostener el actual sistema democrático.

Permítaseme recordar alguna propuesta que hemos hecho recientemente en obsequio precisamente de la memoria del presidente Belaunde. Hemos dicho que la experiencia que hoy vive la patria debe hacernos pensar seriamente respecto a que, en el porvenir inmediato, tenemos que hacer un esfuerzo extraordinario todos los grupos políticos para encontrar un consenso mínimo que permita a nuestros gobernantes, en el futuro, mantener la estabilidad, la paz y, asegurar así la prosperidad del país. Eso significa, por cierto, la declinación de apetitos de grupos o circunstanciales.

Significa, desde luego, un compromiso y un renunciamiento decidido a cualquier pretensión sectaria y a la búsqueda de una concordancia generosa en obsequio de los intereses superiores de la patria. En lo que a Acción Popular concierne, si es necesario hacer ese sacrificio, jamás dudará ni titubeará. El pueblo del Perú puede tener la absoluta certidumbre que estamos dispuestos a marchar a cualquier fórmula de concordancia actual y futura que le asegure al Perú con la libertad, a que el pueblo del Perú tiene derecho, el bienestar a que igualmente aspira con tanta legitimidad.

Quiero expresar nuestro reconocimiento profundo a todos los que han participado en esta tarde en este acto. Quisiera hacerlo recordando también que la muerte y el alejamiento físico de Fernando Belaunde no lo ha alejado ni del corazón de los militantes del partido, de los que aquí están y de los que, desde fuera, siguen con enorme emoción y devoción esta emocionante ceremonia, sino que particularmente de los buenos peruanos que amaron y quisieron a Belaunde y que vieron en él un símbolo patriarcal y del que aprendieron eso que justamente ahora se ha destacado: La tolerancia.

A todos ellos quisiéramos decirles con las palabras del propio Belaunde, que nuestra presencia en esta tarde quiere ser un esfuerzo por la trascendencia y presencia permanente de su mensaje, de su mensaje de paz, de solidaridad, de unión, de concordancia nacional.

Decía el Jefe y fundador de Acción Popular: "Dijeron que no nos permitirían pisar tierra peruana y aquí estamos. Creyeron que el jornal del mercenario eliminaría la acción del militante y aquí estamos. Pretendieron amedrentarnos olvidando que el miedo nunca empañó a nuestras huestes y aquí estamos. Fueron generosos con la injuria y mezquinos con la verdad y aquí estamos. Estamos aquí prendidos de nuestras raíces ancestrales para decir a propios y a extraños que jamás permitiremos que nos arrebaten nuestra patria. Aquí estamos y estaremos en el vigor de la vida o la quietud de la muerte”.

¡Aquí estamos los miembros de Acción Popular para testimoniar nuestra devoción y nuestro recuerdo permanente por Fernando Belaunde!

ABRIO LAS COMPUERTAS DE LA PARTICIPACION POPULAR - Dr. Alan Garcia Perez

Concurro a este acto de homenaje a Fernando Belaunde no por el protocolo de rendir tributo a una gran figura de nuestra historia en el Siglo XX, sino para agradecer a todos la ocasión de decir algunas palabras de todo corazón y sinceridad por parte de quien –y es una buena ocasión de decirlo– siendo seguidor y discípulo de Haya de la Torre se sintió siempre alumno de Fernando Belaunde Terry.

Nuestras palabras tienen, tal vez, un doble valor: El de hombres e instituciones que se inclinan ante una figura, pero al mismo tiempo, el de viejos adversarios que reconocen la estela y la profundidad de la vida fecunda de Fernando Belaunde Terry.

Él fue para los políticos de antaño y para los del futuro, un ejemplo de tolerancia democrática y de amor a la libertad; y creo que cuando él, extraído por la fuerza de Palacio de Gobierno pisó suelo extranjero, se definió de la mejor manera como yo lo recuerdo. Dijo: “Soy un peregrino de la libertad”. Era el 3 de octubre de 1968.

Porque a lo largo de su vida Fernando Belaunde -del cual fuimos adversarios, y no cabe recordar aquí viejas diferencias, sino el balance global de su existencia, y lo que nos acerca y lo que nos hace amarlo y sentirlo propio- será siempre un ejemplo de peregrinaje por la libertad de tozuda experiencia democrática.

Él, que era hijo de ese gran tribuno, Rafael Belaunde, hombre de lealtad inconmensurable y de amistad con un partido perseguido y clandestino; él que comenzó en 1945 al lado de los apristas de entonces en la experiencia del Frente Democrático, fue siempre un hombre que elevó las banderas de la libertad de expresión, de opinión.

Él, que en 1963 hizo durante cinco años un gobierno del que nadie, nadie, podría levantar mácula en contra de la libertad o de la democracia. Él, que al llegar al gobierno nuevamente en 1980, en un hermoso discurso en este recinto, en esta casa del Parlamento, tuvo como primer gesto devolver a sus legítimos propietarios los medios de comunicación para garantizar que el Perú se expresara con toda libertad, quedará siempre como un ejemplo extraordinario de libertad.

Y como mi antecesor relató algunas anécdotas, quiero contarles a ustedes, populistas en mayoría, que en una ocasión, como dirigente de la oposición, en las muchas veces en que lo visité siendo adversario y opositor, para aprender de él, llegué a Palacio y tuve que atravesar las calles turbadas y bloqueadas por mineros y por maestros.

Era una de las tantas movilizaciones y huelgas del Sutep de entonces, y tuve que valerme de mi condición de jefe opositor para abrirme paso en las calles y llegué hasta el despacho de don Fernando y lo encontré, por única y última vez, entristecido y preocupado.

Sentado frente a él estuve dos minutos en silencio y miré la majestad del poder, la fuerza del Presidente de la República turbada por la tristeza de sentir la ingratitud. Él recordó: “Yo he repuesto a diez mil maestros que fueron expulsados por la dictadura militar”, y hasta el despacho se escuchaba la misma cantinela y el mismo grito de reclamo.

Turbado y contagiado por él, le dije: “Presidente, está en emergencia Lima, usted puede hacer despejar la plaza”.

Y me contestó: “No. Pueden ser ingratos, pueden no tener razón, pero el pueblo tiene derecho a expresarse y a protestar”.

Creo, en segundo lugar, que Fernando Belaunde fue una bella expresión de su tiempo. Lo vivimos los jóvenes seguidores de Haya de la Torre como una rivalidad, pero, ciertamente, él, que se incorporó fuertemente a la política en 1956, lo hizo comprendiendo con su inmensa capacidad de estratega político, que iba en brazos de una nueva clase media creada por los servicios de un Estado que creció durante la dictadura de Odría.

Él comprendió que con esa clase había un talante juvenil distinto, y aquí está el gestor y promotor del Frente Nacional de Juventudes que dio vida entonces a lo que después fue Acción Popular.

Él comprendió a esa clase media industriosa, urbana, nueva, y comprendió que el Partido Aprista, en su vieja lucha y también con sus errores, había dejado un amplio margen para que insurgiera una figura como él.

Juntó, entonces, en su discurso mesoclasista y de proyección hacia el futuro a la juventud tras él, pero, además, les dio una fuerza nueva, recordando lo andino y afirmando a su manera el nacionalismo del Perú.

¿Alguna vez me han preguntado qué fue Fernando Belaunde? ¿Un hombre de derecha, un hombre de centro o un hombre de izquierda? Y recordé de esos apotegmas extraordinarios de su capacidad de expresión, que cuando a él le preguntaron lo mismo. Dijo: “Derecha o izquierda, no. ¡Adelante!”.

Luis Alberto Sánchez, un maestro académico, formado y profundo, nos enseñó a los políticos: Jamás hay que desconocer por completo al adversario, intentar destruir sus cualidades, reducirlo a don ninguno. Decía: “El que discute con don nadie es don ninguno”.

Había que aprender cuáles son las virtudes del adversario, profundizar en su forma de interpretar la realidad, en su forma de expresarla, que no es solamente una apariencia.

Un hombre piensa y expresa bajo una sola ecuación: actúa y pide, siente y se apasiona en la misma forma en que expresa lo que siente, vive y lo apasiona.

Y Fernando Belaunde era un hombre que en su gesto, le bean geste, el bello gesto que él trajo a la política, sabía sintetizar todo lo que tiene el pueblo de lírico, de hermoso, de cántico. Pero no era un hacedor de frases. Lo recordaré siempre como estadista, es verdad.

Creó el Banco de la Nación, y esa fue una enorme revolución. Abrió las compuertas de la participación popular sin temor y en posibilidad de perderlas y por eso las ganó, porque las abrió en las elecciones municipales de 1963. ¡Honor a tal señor!

Fernando Belaunde, con el decreto casi postrero, el 287-HC, construyó y creó la tributación en el país, donde hasta entonces tan poca gente tributaba. Pero esos son los instrumentos y las formas de gobierno.

Un hombre queda en la historia por algo más que eso, un hombre queda en la historia por haber sabido sintetizar en un momento su tiempo, su sociedad, su siglo.

Cuando él juntó clases medias, juventudes y hálito andino, lanzó un proyecto extraordinario del que aprendimos mucho: Cooperación Popular. Este llega con esa extraordinaria capacidad de Fernando, de sintetizar en dos palabras un programa político y del que debemos aprender tanto los apristas que escribimos libros y tenemos doctrinas y teorías complejas.

Fernando tenía la virtud que pocos tienen, de sintetizarlo todo porque lo sentía así. El mismo nombre del partido al que ustedes pertenecen, es toda una consigna de acción: Acción Popular. El mismo lema y la expresión en vida en el espacio en una afirmación altiva y activa de su ¡Adelante! Es una consigna. Cooperación Popular también lo fue.

No fue menester que alguien escribiera un libro sobre los viejos estilos de la juntura en el trabajo de los antiguos peruanos. Cooperación Popular lo dice todo y hasta ahora recuerdo y traigo la memoria de mi ilustre amigo, el gran populista Eduardo Orrego, cuando partió en un tren, cuando partió en un episodio memorable para las juventudes de entonces, en un tren de Desamparados cargado de palas, de carretillas a llevar el auxilio de esos instrumentos a los pueblos andinos.

Belaunde sabía motivar el alma del pueblo, supo despertar en el Perú su otro yo, el yo olvidado, perdido de la amazonía. Pasarán los siglos y a Belaunde se le recordará siempre por esta vocación andina, nacionalista de cooperación popular, pero también por su inmensa obra, la Carretera Marginal, bien dicha y bien llamada “Fernando Belaunde”.

Además, quedará en la memoria de los oradores, de los poetas, de los que se dirigen al pueblo, su enorme capacidad lírica, épica en algunos momentos. Esa capacidad extraordinaria de entender cuando la gente espera una respuesta en un gesto que sintetice toda una teoría, una actitud, un proyecto.

En 1962, el ex dictador Manuel Odría, en plena campaña política en Huancayo, recibió el impacto de una piedra, el resultado fueron ocho muertos entre los manifestantes. Fernando Belaunde fue días después al Cusco y en la plaza del Cusco una contramanifestación lo agredió. Una piedra le impactó en la frente y en vez de responder con balas, como Odría, Fernando subió a la tribuna y dijo, en un gesto maravilloso: “¿Qué valen unas gotas de sangre de Fernando Belaunde en esta plaza donde fue martirizado y descuartizado Túpac Amaru?”.

Él tenía, entonces, todas las de ganar en el Cusco, que comprendía la altura, la grandeza más que la elegancia o el modo, la forma de vivir, las adversidades de Belaunde. Por eso, sus expresiones y su forma de ser ante el país han sido también un recado de él al corazón del Perú.

Seoane, gran orador, trajo alguna vez un recado del corazón del pueblo para Haya de la Torre. Yo digo que Fernando Belaunde dejó un recado de él para el corazón del pueblo en sus múltiples formas de expresión. Yo un aprista, un aprista seguidor férvido y religioso de Haya de la Torre, sentía la imantación de sus palabras, que tenían un eco a Pablo Neruda y su Canto General, sentía cómo iba acercándose a uno paulatinamente.

Estuve en la Plaza de Armas desde lejos, cauteloso, y diré, crítico, cuando volvió de Punta del Este en 1967 y, entonces, una gran multitud acudió ante ese balcón que conozco bien, y Fernando, ante los aplausos dijo: “¿Por qué me aplaudes pueblo? ¿Por qué me entregas estos laureles si tú te lo ganaste?”. Era una devolución de las formas al pueblo.

Esas expresiones que sintetizaban emociones y le permitían remontarse, muchas veces sobre la adversidad, quedarán como la expresión de un hombre que columbró, estudió, calculó, pero sintió y convivió con el alma popular.

A pesar de su patriarcado arequipeño y de venir de otras tierras, Fernando comprendió nacionalmente el Perú y entonces decía escuchar un rumor, un rumor viniendo de todos los confines, de todos los valles, de las alturas, de los arenales y de los ríos, y preguntaba: “¿Qué ruido es este que se escucha? ¿Qué rumor es este de semillas que explotan de músculos que se mueven?”. Y respondía: “Es el Perú que despierta”. Es el Perú que despierta era una consigna para abrir el futuro del país.

Nosotros éramos opositores entonces, a veces conciliadores, a veces recalcitrantes, pero reconocemos que entonces Belaunde inició una profunda modernización del Perú.

Después del gobierno de don Manuel Prado, el régimen de Fernando Belaunde fue un régimen joven, moderno, un régimen que tal vez hubiera sido importantísimo de coincidir con la fuerza popular del aprismo. Estoy seguro que los seguidores, los continuadores y los pensadores de Acción Popular, así lo comprenden también. Podríamos haber hecho algo muy grande para el Perú. Estoy seguro que podremos hacerlo en el futuro.

Como homenaje a Fernando Belaunde, al cumplirse este año el primero de su fallecimiento, quiero decirles que el Instituto de Gobierno que dirijo hará, con el permiso de su familia y si nos lo brinda, una edición de los discursos y las palabras de Fernando Belaunde, porque es importante que los peruanos de hoy sepan el poder, la calidad y el nivel de los políticos que hemos tenido.

Agradezco a los organizadores, especialmente al presidente Valentín Paniagua, el haber permitido que el heredero de un adversario venga a rendir tributo a un gran amigo.

Puedo decir que a través de quien habla y tras la muerte de Haya de la Torre se selló la gran amistad que comenzó en 1945 y nunca debió terminar. A lo largo de mi mandato fueron muchas las veces que pedí a don Fernando venir a conversar, a escucharlo y en las circunstancias más difíciles y aciagas, él estuvo siempre dispuesto.

Creo que esa era una forma de hacer política que ahora nosotros debemos encontrar, esos momentos y esas circunstancias se las he expresado y contado al actual presidente de la República. Respondiendo al desafío de Lucho Bedoya, nosotros estamos siempre dispuestos a dar nuestras ideas y respaldar en lo que se ha requerido al gobierno democrático, porque en esta democracia, aunque comete errores, quien gobierne no se va a hundir. Aquí está Acción Popular y aquí está el aprismo para garantizar que no se va a hundir.

Mi homenaje y mi saludo a los hombres y mujeres de Acción Popular; mi homenaje y mi saludo a los seguidores de Fernando Belaunde, a su estela extraordinaria. Él seguirá caminando siempre en nuestras ilusiones con su bandera. Seguirá él marchando siempre a la búsqueda de un rumor que le diga que el Perú despierta; seguirá siempre Fernando Belaunde con su gesto y su señorío enseñándonos que la política debe ser tolerante, alta y grande.

En verdad les digo muchas gracias, porque no ha venido un viejo adversario, sino un amigo y un hombre que amó mucho a Fernando Belaunde.

INICIO PROFUNDA REFORMA DEL ESTADO - Dr. Luis Bedoya Reyes

Cuando se me invitó a participar en este homenaje a don Fernando, pensé en el clásico discurso académico, pero reflexioné: ¿De quién se trata? Se trata de un hombre que por título propio ha entrado a la historia y a quien, desde hoy, la historia sabrá juzgar.

Pero la historia no sólo puede y debe escribirse sobre la base de la información conocida, pública, a partir del dato cierto que viene de una memoria, una exposición o una crónica. Para que la historia referida a una fuerte individualidad que ha gravitado en el destino de millones de hombres sea completa, es necesario que esa historia se abra para conocer la intimidad, la profundidad cierta del hombre de quien estamos hablando, y entonces pensé: antes que escribir y leer más vale dejar libre a la espontaneidad los recuerdos, lo que de él te consta, lo que cerca de él viste, sentiste, experimentaste. Entonces decidí: libra lo espontáneo porque lo que brota así tiene la autenticidad de lo íntimo y de lo sentido.

Hay en Belaunde varias facetas muy propias que han ido mostrándose conforme su vida ha transcurrido. Hay una que siempre me impresionó porque debió aposentarse en él desde la infancia. Siempre fue un hombre orgulloso de su alcurnia y en ella vivió pero simultáneamente sintió la química de atracción recíproca con el pueblo. Nunca abandonó la prosapia de su apellido, la distinción en las maneras, el buen vestir, la elegancia en la frase. Arquitecto por vocación, la euritmia, el equilibrio, era su ley y sin perder ni disimular alguno de esos atributos se desplazaba entre masas humanas y las dirigía como si fuera su natural hábitat.

Belaunde fue un hombre que en todo instante mantuvo el orgullo de sus orígenes arequipeños y de sus apellidos de ancestro: Belaunde y Diez Canseco; y de ellos conoció y aprendió en la voz de su padre durante el largo destierro decretado por la dictadura de Leguía el año 1924. Niño aún, huraño y rebelde, llega a Francia y no es en el Liceo donde va a recibir conocimientos sobre el Perú, sino de su padre quien marca en él –en mi concepto– el más grande y el más profundo de los sellos. Esta docencia constante de don Rafael acompañó a Belaunde a lo largo de su primer gobierno no sólo en el consejo frente a los desafíos que enfrentó ese gobierno sino además en la entereza de las decisiones sugeridas. Don Rafael fue un hombre que además de quererlo entrañablemente sentía al hijo realizado en su responsabilidad. Muchas veces me pregunté: ¿Vería don Rafael en don Fernando cumplidos los sueños que más de una vez abrigó para sí?

Don Rafael debió transmitirle el orgullo del terruño, esa especie de República especial que los arequipeños han creado para sí: chacareros, no hacendados y nunca gamonales; orgullosos de tener apellidos tradicionales no hechos a base de oligarquías o plutocracias sino forjados en esa dignidad provinciana profunda, que nace de sentirse responsables por los demás, por “el común”, en una escala de dirección y responsabilidad que brota espontánea y el pueblo exige en la emergencia y la decisión y los “notables” cumplen como si fuera mandato.

Don Fernando conoció, a través de su padre, no sólo de sus ancestros y de la tierra y tradición arequipeñas, sino que bebió historia republicana en capítulos que tendrían gravitante influencia en su vida y reflejaban la admiración reverente que don Rafael tenía por don Nicolás de Piérola y su liderazgo cívico. De allí nacen esos gestos realmente sorprendentes de Belaunde imaginando al Califa entrando por Cocharcas a caballo y que él lo traduce, emocional y físicamente, en el hombre de la bandera que se levanta un primero de junio y a la dictadura le impone un plazo inmodificable para que su candidatura presidencial sea inscrita.

Es el Califa presentado en el verbo ardiente de su padre de donde debió nacerle a don Fernando esos gestos tan singulares de escapar a nado desde El Frontón, de llegar rebelde hasta Arequipa y hacer barricada con los adoquines de las calles y, ya después de ejercido el poder, de viajar desde el destierro en Buenos Aires para sorprender en Lima al gobierno y presentarse como nuevo Piérola por Cocharcas, hasta que la dictadura lo detiene.

Igualmente, como en las cartas del Califa, tiene esa elegancia precisa y gráfica, llena de colorido en sus expresiones: “El pueblo lo hizo”, “el Perú como doctrina”. Francisco Miró Quesada Cantuarias ha tenido que hacer un esfuerzo filosófico extraordinario para explicarnos en un estudio excepcional –releído por mí tantos años después- cómo era eso de que el Perú fuese doctrina pero, sin embargo y más allá de cualquier debate ¡qué hermosa frase!, qué bien cae, cómo cala en la gente, cómo la gente sin entenderla la vive y es que hay adhesiones y simpatías que están mas allá de la razón cuando al hombre con imaginación y carisma le brota la frase. Suelta una frase que liga y que pega y que nadie se ocupa de preguntar en qué consiste exactamente pero ¡qué bien suena!, ¡qué bien se siente!

Lo mismo ocurre cuando recoge la tradición de la minka y los lemas que gobernaron el imperio de los incas, después de haber recorrido el país con los muchachos que integraban el Frente de Juventudes. Anecdóticamente, recuerdo que en una manifestación de protesta que tuvimos en tiempos del segundo gobierno de Prado, Javier Alva Orlandini que estaba dentro de los que dirigían ese grupo, encontrándonos en el Jirón de la Unión, competía conmigo para ver cuál de los dos era cargado primero por sus respectivos partidarios. En esa protesta callejera y multitudinaria estábamos a la altura de la Iglesia Nuestra Señora de la Merced cuando el médico Enrique Cipriano, dirigente nuestro y padre el actual Cardenal del Perú Juan Luis, recibió una bala en la pierna y ahí alojada lo acompañó hasta su muerte. Fuimos disueltos por la policía a caballo en la Plaza San Martín. Hermosos momentos juveniles en los cuales va apuntando lo que después de aspirantes, llega a ser cada uno en su momento y su tiempo.

En Belaunde, el Califa inspira la belleza en las frases. “Qué importan gotas de mi sangre en esta Plaza donde derramó la suya Túpac Amaru...” dice en el Cusco al ser agredido; y esa inspiración en la frase no nace de un cálculo o de una geometría mental, nace de una espontaneidad que viene de adentro porque se siente. Eso era Belaunde, igual que el Califa pero modelado por su padre don Rafael.

Para mí, nada reúne la belleza breve y casi monosilábica de su última expresión nacida de lo hondo de su alma: “¡Espérame!”. “¡Espérame!”, le dice a Violeta el día de su sepelio, y se hizo esperar lo menos posible porque estaba dispuesto a llegar cuanto antes a encontrarse con la mujer que lo acompañó entrañablemente unida en la etapa más importante de su vida. Hay, entonces, en la biografía de las personas episodios que no resaltan publicados porque termina cogidos por el frío relato oficial y solemne que no hace vibrar como vibra el recuerdo cuando se expresa como conversando.

Belaunde tiene esa primera herencia que lo marca en todo el periplo de su vida desde el año 35 en que regresa al Perú hasta el instante en que muere. Pero este hombre tiene una extraña capacidad de ósmosis, asimila el Perú recorriendo el país, viviéndolo, sintiéndolo y durante toda la campaña con la que se inicia en la política va aprendiendo y sacando conclusiones: Perú, país fragmentado, país parcelado y dividido por sus propias regiones, país invertebrado que tiene que organizarse y, desde entonces, visualiza la necesidad de las carreteras, la necesidad de que los pueblos del Perú a través de la comunicación, en todas sus formas, se integren porque el nuestro no es un país sino varias naciones dentro de un territorio. No es solo la lengua, los hábitos y las creencias las que nos distancian del ande sino que dentro del ande mismo la separación entre el norte y el sur a veces genera pueblos muy diferentes en sus costumbres. No somos una sola nación sino varias naciones superpuestas, unas más profundas que otras.

Belaunde entró, entonces, a conocer en la profundidad de esa verdad cuál es la herencia real, auténtica y todavía viva del pasado prehispánico del Perú, y se inició, políticamente, alternando con capas populares que se sentían postergadas, marginadas. Fue la sencillez de su mensaje, la autenticidad de su palabra lo que convierte ese pueblo en un espontáneo aliado que no lo va a abandonar a lo largo de su lucha.

Algunos historiadores han comparado a Fernando Belaunde como una segunda edición de don Augusto B. Leguía en cuanto a la obra pública. No, Belaunde entendió como Leguía que el camino era el principal factor de integración y, en su primer gobierno, fijó las rutas más importantes pero romántico, soñador al fin, ve más allá y sueña con la Marginal de la Selva. Supongo que Belaunde debió inspirarse en los estudios del Hudson Institute que, por los años 30, dentro de una concepción geopolítica del continente planteó la posibilidad de un camino longitudinal que recorriera paralelo a los océanos todo el centro de América del Sur y que utilizando simultáneamente vías terrestre y fluviales, pudiera conectar el Río de la Plata en la Argentina con el Orinoco en Venezuela.

Ese proyecto aparentemente irrealizable Belaunde lo hizo en el tramo peruano y lo hizo completo. Y demostró ante la risa de algunos tontos que lo imaginaban meramente un soñador que más arriba de la Longitudinal de la Selva podía realmente encontrarse en el recorrido de los ríos confluentes al Amazonas, toda la direccionalidad correspondiente para terminar en el Orinoco. Y él hizo, como explorador, ese recorrido y demostró al mundo y sobre todo a los peruanos que había la esperanza de poder alargar la Marginal de la Selva hasta el Caribe, recorriendo el Orinoco.

Hay en Belaunde, hasta en la obra pública, ese sentido especial y extraño del ensueño, de la inspiración, de no quedarse en lo común, en lo inmediato. Curiosamente, su recurso para eludir el ‘sitiamiento’ que se le hacía para tratar temas que evidentemente no eran de su agrado era cogerlo a uno del brazo, llevarlo por corredores hasta terminar en un gran patio de Palacio y mostrar ahí sus maquetas en que graficaba las obras que tenía proyectadas pero, principalmente, su Marginal de la Selva. Enseñaba lo que estaba haciendo sin decir que no le agradaba tratar el tema del que se estaba hablando.

También hay en Belaunde una evidente decisión para llevar adelante reformas en la estructura del Estado. En su primer gobierno, y me refiero a él porque me tocó estar muy cerca del presidente como su Ministro de Justicia primero y como Alcalde de Lima después, su obra de infraestructura básica cambió y transformó el país en aspectos en los que el país mayormente no ha reparado. ¿Saben lo que significó, por ejemplo, la creación del Banco de la Nación? Que terminaba para siempre en el Perú el dominio del poder del dinero en las decisiones más importantes de la República.

Para mí su primer gobierno es subyugante, y me felicito que Alan García esté aquí ahora porque si bien la confrontación mayor fue con ellos también nos trajo esa etapa política incomparables experiencias cívicas y democráticas. Es que esa generación y la inmediatamente anterior demostraron que en política nacional se puede ser competidores y hasta adversarios pero no necesariamente enemigos, y que la gente puede discrepar, incluso con el hermano, política e ideológicamente y, sin embargo, mantener la fraternidad.

Saludo y alabo siempre que veo reunidos en la misma mesa a personas de tanta diferencia de criterios políticos, más de una vez incompatibles. Por eso cuando me enteré que además de Valentín Paniagua –era normal que aquí estuviera– iba a venir Alan García dije: ¡Que buen ejemplo!, y por eso, Alan, te felicito públicamente.

En la generación anterior hay destacados antecedentes. El segundo gobierno de Manuel Prado, por ejemplo, también enseñó mucho al país en cuanto a buenas maneras y relación con los adversarios, aun cuando tampoco le ha sido nunca reconocido. El convocó al gobierno a quienes habían sido sus enemigos políticos: llamó a un hombre que no quería a los Prado y marcó distancias al escribir su “Historia de la República”, Jorge Basadre, quien fue su Ministro de Educación; llamó a otro hombre que estaba enfrentado a los Prado y principalmente a los de su generación: Raúl Porras Barrenechea designado Ministro de Relaciones Exteriores; llamó a hombres que habían mantenido una actitud relativamente prescindente o lejana como Víctor Andrés Belaunde y Luis E. Valcárcel; pero, sobre todo, llamó y llevó en su segundo gobierno para que manejara la economía del país a su archienemigo, a don Pedro Beltrán.

No hemos reconocido nunca esos méritos a Prado, pero este hombre enseñó modales y formas de la democracia europea que, ojalá, fueran recogidas en la época actual cuando nadie reunía en la votación electoral mayoría absoluta por lo que todo gobierno está obligado a concertar y entender que ya terminó la época de quienes imaginaban verse respaldados por votaciones consagratorias y ser “la última Coca cola en el desierto”, como dicen los muchachos.

Belaunde comprendió la necesidad de un pacto político en 1963; y ahí sí tengo un cuasi secreto. Acción Popular y la Democracia Cristiana se habían peleado muy fuerte, primero en el Parlamento desde el año 57 y después compitiendo en la elección del año 62. Todo parecía indicar que sería imposible una aproximación.

Creo ahora –con el respeto que me merecen las intimidades ajenas- que ya había comenzado don Fernando a mirar con ojos especiales a Violeta porque el artífice de esa conjunción entre la Democracia Cristiana y Acción Popular fue don Javier Correa Elías, padre de Violeta y presidente del Partido Demócrata Cristiano. Y, por lo menos yo, notaba la deferencia con que don Fernando trataba a don Javier. Lo trataba como un hombre al cual –imagino– ya miraba como el hombre que sería en algún momento su suegro. Con esa reverencia tan singular me parecía a veces un muchacho enamorado que hacía méritos ante el padre de ella. Todos hemos vivido esas circunstancias, no importa a qué edad pero la hemos vivido; y cuando nos entregamos, vamos amarrados de pies y manos aunque conservando siempre los hombres la última palabra porque por algo gobernamos y manejamos el hogar y, esa última palabra rendida es: “Sí amorcito”.

Se ha dicho que Fernando Belaunde hizo obra de infraestructura física (caminos, vivienda, irrigaciones) pero no reforma del Estado. Como dijo anteriormente yo observé en Belaunde decisión, por ejemplo, para la creación del Banco de la Nación cortando las derivaciones viciosas que se habían producido alterando el espíritu normativo que debió respetarse en el Banco Central de Reserva y en la Caja de Depósitos y Consignaciones, señalados por la Misión Kenmerer en 1931, llamada por el Perú durante la crisis mundial de los años 30.

Con la creación del Banco de la Nación se quebró el poder político de los bancos privados que gobernaron los directorios de ambas instituciones. La plutocracia –si alguna vez existió como tal en el Perú– perdió su poder político y su capacidad de control sobre las decisiones del poder constitucional. Esta fue, en mi concepto, muy importante reforma en la estructura del Estado peruano.

Pero, donde en verdad se revoluciona política y administrativamente esa estructura es cuando después de 40 años y corriendo todos los riesgos, convoca a elecciones municipales. ¿Que las tenía seguras? Mentira. Soy testigo de extraordinaria excepción porque me pidió varias veces siendo yo su Ministro de Justicia, en el primer gabinete, que fuese candidato a la Alcaldía de Lima y yo me negué con tenacidad desesperada, no sólo porque estaba contento como ministro, sino porque de administración municipal no conocía sino lo aprendido en el curso de Derecho Administrativo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos; además, sin decirlo, sentía esa candidatura como una especie de capiti di minucia, una disminución en mi categoría de Ministro de Estado rebajado a candidato municipal. Veía además mi muerte política pues era fija la derrota por una razón simple: los votos del Apra con los de Odría, unidos ya en alianza, sumaban casi dos veces más que los votos nuestros.

Finalmente acepté, gané y aquí estoy.

Políticamente, Belaunde era sufrido para el castigo y devoto de la Constitución. ¡Cuántas veces golpearon a Belaunde con la censura de sus ministros! Fernando León de Vivero encabezó la lista de quienes censuraron al Ministro de Agricultura porque no contestó en una interpelación cuánto se pagaba por el kilo de pallares en Chincha. No es que no se inmutara cuando le censuraban ministros y especialmente le dolió la censura a Óscar Trelles; sin embargo, Belaunde siempre mantuvo un gran respeto por Haya de la Torre. Recuerdo que siendo ministro por lo menos lo invitó dos veces a Palacio de Gobierno a dialogar. Sabía que del Apra se puede prescindir pero contra ella no es conveniente gobernar.

¡Cuántas veces lo insinuaron sus amigos militares dar un golpecito al estilo Fujimori en 1992! Nunca prestó oídos. No se imaginaba a sí mismo como un hombre que pudiese traicionar lo más profundo de sus ideales y, sobre todo, que pudiera incumplir el más escrupuloso respeto a la ley y a la Constitución. Y sufrió todos esos embates como sufrió lo que nuestra primera experiencia en un Parlamento democrático y plural, con oposición mayoritaria que prácticamente cerraba el camino al gobierno en todo lo que no fuera convenido. No sé si en ese primer gobierno pasó por su mente disolver el Parlamento adverso; pero su voluntad, si hubiera pasado, detuvo semejante idea.

Las dos reformas de Estado, la del Banco de la Nación como recuperación soberana del manejo financiero de la República y las elecciones municipales como devolución al pueblo de su derecho a elegir sus autoridades locales, fueron dos actos que transformaron profundamente la estructura del Estado y que, sin embargo, poco se ha remarcado en su trascendencia.

Lamento la brevedad tirana del tiempo que no me permite relatar sabrosos diálogos cuando nos dirigíamos a presidir e intervenir en congresos y actos célebres realizados en el Palacio Municipal o cuando, sin más compañía que la mía, puso término después de dos horas de diálogo, en forma abrupta, dura y tajante a la reunión solicitada por los más altos dirigentes de la Internacional Petroleum Company.

Pero para el análisis histórico, para que algún día se rinda tributo pleno a un hombre superior, para que no sean simplemente sus gestos externos o sus modos, para que la figura salga nítida y plena como es, a ustedes acciopopulistas que están aquí, les pido que escriban lo que les conste como verdad en la vida profunda y cierta, espontánea y vital de Belaunde, para que cuando se escriba la historia con la serenidad que da el tiempo que es el único que termina haciendo justicia, se pueda escribir con el conocimiento de quienes han relatado lo que vivieron, lo que sintieron y lo que les consta.

Por eso quería venir esta tarde con un testimonio especial porque el derrocamiento de Belaunde en su primer gobierno es un hecho que no se origina en actos de su gobierno y que tendrá que investigarse y explicarse con la tranquilidad del tiempo y vistos los relatos ya escuchados privadamente a sus principales autores. Digo esto porque cuando en 1969 llegué a Nueva York invitado en mi condición de Alcalde de Lima, habiéndome respetado el Gobierno Revolucionario en el ejercicio de la función para la que fui elegido –y no sé por qué, porque el día mismo de la revolución de octubre de 1968 coloqué a media asta la Bandera Nacional en el Palacio Municipal en la Plaza de Armas de Lima, lo que nunca me perdonaron Velasco y sus adláteres– invité a don Fernando a almorzar en el hotel en el que estaba alojado y llegó con Violeta.

Se sintió orgulloso al ser reconocido por peruanos que estaban en el personal de servicio del hotel y por algunas personas connotadas que se aproximaron a saludarle. Y entró a analizar el golpe revolucionario. Fue vehemente y enfático al sostener que su caída fue un “cuartelazo más” en la larga historia republicana de los cuartelazos y noté que no le agradó mi análisis de esos hechos.

Para mí el denominado Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas fue una revolución “nasserista” con un signo revolucionario anti - imperialista, anti - yanqui, tercermundista, vecino al mundo oriental inspirado en el pensamiento y gobierno del general Nasser en Egipto; pero fue, además y quizá fundamentalmente, un golpe medido y calculado pensando en otros horizontes y recuerdos. Vivos están muchos militares que participaron y habría que preguntarles por qué hicieron una revolución ambivalente.

Lo único que sí puedo decir ahora como testimonio es que cuando desde Lima y con calificados dirigentes populistas y apristas de esa hora, intentamos comprometer a militares en un contragolpe, absurdo en ese momento por las dimensiones contrapuestas, siempre encontramos la misma respuesta final en oficiales generales: “Quien vaya contra esta revolución es traidor a la patria para nosotros”. Sostengo que nuestros historiadores y politólogos quizá por prudencia, todavía no se han puesto a investigar a fondo cuáles fueron las verdaderas motivaciones del derrocamiento de don Fernando el año 1968.

En la vida política de Fernando Belaunde hay tres etapas: las dos primeras con un mismo signo que fue el retorno a la vida democrática y su afianzamiento institucional. En ese aspecto su segundo gobierno que algún día analizaremos fue más rico que el de 1963-1968. La tercera etapa política de Belaunde fue la de su magisterio como Patriarca, con una autoridad que el pueblo le concedió sin voto y por acto de reconocimiento unánime.

Belaunde ocupó por derecho propio lo que el pueblo ya había reconocido en otros dos patriarcas y desde posiciones muy diferentes: La de don José Luis Bustamente y Rivero, cuya palabra siempre fue docencia y cuya conducta siempre fue ejemplo, y la de Víctor Raúl Haya de la Torre que, anciano ya, entrega su vida en la Asamblea Constituyente y ayuda al Perú a salir de otra dictadura que había durado también diez años y que ya en su ancianidad recoge el respeto de su pueblo por la sinceridad de su palabra, por su entrega permanente a los ideales que vivió y transmitió y en los que murió ejemplarmente.

Si Fernando Belaunde, José Luis Bustamente y Rivero y Víctor Raúl Haya de la Torre pudieran hablarnos en este momento seguramente nos dirían: “¡Déjense de homenajes y asuman responsabilidades porque el Perú está en peligro!”.

Y encontrándonos aquí hombres representativos de la herencia política y moral que esos tres hombres nos legaron podríamos preguntarnos – y esto lo digo a título estrictamente personal -, y se lo digo a Alan García y a Valentín Paniagua aquí presentes con esa misma espontaneidad que he procurado mantener a lo largo de toda esta exposición: ¿No tienen ustedes la sensación de que es la democracia la que está en peligro, que es el sistema democrático el que está en el escrutinio popular y no sólo las personas que hoy nos gobiernan? ¿Hemos tomado conciencia de que como país nos venimos equivocando ya muchas veces y en vez de elegir representantes de fuerzas constituidas nuestro pueblo termina votando a favor del outsider que mejor lo impresiona, y que buena parte de la responsabilidad nos toca a los políticos por no haber educado a nuestro pueblo enseñándole a escoger y decidir y nos hemos colocado en la cómoda posición de quienes solo toman cuentas a quienes gobiernan y se reatienden de su corresponsabilidad política?

¿Me pregunto si no ha llegado el momento de meditar en formas de apoyo y solución a los problemas de un gobierno que día a día tiene más corta la capa de oxígeno y que su colapso nos puede arrastrar a todos y hasta cambiar el curso de la historia de la República por los profundos desencantos de este pueblo? Quizá podamos –y esto también lo propongo a título personal– acordar una tregua benévola que no es una suspensión de hostilidades políticas sino el buen propósito para que el gobierno haga lo que es su deber hacer; por lo pronto, reajustar su presupuesto para atender a la gente humilde a la que realmente no le alcanza lo que gana, cuando gana.

Alguna experiencia puedo exhibir. Después de ocho años de docencia en el Colegio Militar Leoncio Prado enseñando Literatura y Gramática -en plaza que gané por concurso- tengo por dichos servicios una cesantía de 280 nuevos soles al mes que –gracias a Dios- puedo entregar a mi mujer para sus gastos personales y ella me dice que no le alcanza para nada. Yo le respondo: ¿Cómo vivirán hogares de cinco o más personas donde su ingreso total es menor a lo que recibes? Meditemos si no será conveniente y llegado el momento de meternos todos juntos a asumir la responsabilidad que el país nos reclama… Ahí los dejo, para reflexión y en buen recuerdo de don Fernando.

FERNANDO BELAUNDE TERRY - LEGADO A 94 AÑOS DE SU NACIMIENTO por Jhon Bazan Aguilar


El pasado sábado 7 de octubre Fernando Belaunde Terry habría cumplido 94 años de edad. Su muerte, ocurrida el 4 de junio de 2002, no sólo conmovió a la ciudadanía sino que hoy, cuatro años después, su ausencia nos sigue doliendo. Este señorial político que supo ubicarse en su tiempo y situar al Perú en un escenario mundial dominado por la guerra fría y la lucha ideológica entre el capitalismo y comunismo, por el pensamiento cepaliano y la crisis de la deuda externa, brilló por su honradez y agudo olfato, por la prudencia y capacidad creativa, como lo demuestra la enorme obra pública diseminada en todo el territorio nacional, y por su respeto escrupuloso a la libertad de expresión y la tolerancia.

Pocos dignatarios como él han dejado huellas tan profundamente marcadas en la conciencia nacional. Pocos hombres como él se empinaron desde una brillante carrera profesional y la cátedra universitaria hasta una diputación por Lima, y desde el elevado cargo de Presidente de la República (1963-1968 y 1980 –1985) hasta la de Senador vitalicio (1985- 1992). Este último cargo, creado por la Constitución Política de 1979, fue abolido por la Constitución Política de 1992, impuesta por la dictadura.

Su vida es un ejemplo para todos los peruanos, su obra un libro abierto para maestros universitarios y gobernantes, y para todo aquel que decida incursionar en la vida política.


Quizá ha llegado el momento de estudiar y analizar su obra, con la claridad y el desapasionamiento que da el paso de los años, su pensamiento político y el por qué de su entrañable amor al Perú. Fernando Belaunde es, probablemente, uno de los hombres que más y mejor conoció al Perú. Desde las áridas costas hasta los valles y cumbres nevadas de la sierra, desde el inmenso mar de Miguel Grau hasta la ubérrima región selvática con la cual mantuvo un enamoramiento de más de medio siglo.

Hace pocos días, Belaunde habría cumplido 94 años. De no ser por su partida inexorable, su visión de estadista seguiría siendo una luz que ayudase a encontrar el camino correcto en medio de la confusión en la que muchas veces suelen ingresar nuestros débiles gobiernos democráticos.

Hoy que numerosos jóvenes expresan su desazón por la política y los políticos, deberían saber que existieron y existen políticos que trascienden su época, como Fernando Belaunde Terry, uno de los actores más relevantes de la historia política del Perú de las últimas seis décadas, a la que ingresó a los 32 años al salir elegido, en 1945, miembro del Congreso al que se presentó como independiente. Luego, tras el golpe de Estado de Manuel A. Odría, en 1948, se alejó de la política para abrazar la docencia universitaria y en 1956 asumió el liderazgo del Frente Nacional de la Juventud Democrática, movimiento que dio origen al partido Acción Popular que lo llevó dos veces a la primera magistratura del país.

Como homenaje a su memoria, recojo una síntesis de los discursos pronunciados por los doctores Luis Bedoya Reyes, Alan García Pérez y Valentín Paniagua Corazao, tres prominentes dirigentes políticos, en la ceremonia especial realizada el 4 de junio del 2003, en el hemiciclo del Senado de la República, al cumplirse el primer aniversario del fallecimiento del ilustre estadista.

martes 5 de agosto de 2008

EL ARQUITECTO PERUANO - FERNANDO BELAUNDE TERRY por Miguel Cruchaga - Revista El Arquitecto Peruano

En el mismo momento en que el Heyho Maru cruzaba la línea ecuatorial, Belaunde dejaba atrás una crucial etapa de su juventud, matizada por la nostalgia y el asombro. Navegando desde el puerto mexicano de Manzanillo, pensaba: “Mañana amaneceremos en Paita y podré por fin, pisar suelo peruano.” Regresaba al Perú, con 24 años recién cumplidos, luego de haber pasado la mitad de su vida en el exilio. La familia emigró en 1924, cuando Belaunde era todavía un niño. El crepúsculo trajo a su memoria los recuerdos y las añoranzas acumuladas en esos años. Para aplacar su vehemencia, buscó entre la bruma y la oscuridad, los destellos distantes de algún puerto peruano.

Sentía una exaltación parecida a la de la noche del 21 de mayo de 1927, cuando aterrizó en París el “Espíritu de San Luis”. Charles Lindbergh acababa de atravesar el Atlántico por primera vez en una pequeña avioneta y un clima de inusitada algarabía invadía los bulevares y las calles de la Ciudad Luz. En el número 58 de la avenida Wagram, los Belaunde Terry vivían centrados en un solo tema: pensando, hablando y soñando con el Perú. Contaban los días que quedaban (las estimaciones eran bastante flexibles), para que terminara el “oncenio” y acogían a los pasajeros ocasionales dispuestos a compartir cualquier información que alentara sus esperanzas. La noche del aterrizaje, Belaunde se sintió cargado de intensa exaltación. Lo entusiasmaba la hazaña del aviador solitario, la magnitud de su coraje y fuerza de voluntad, también la tenacidad que lo mantuvo despierto durante las treinta y tres horas y media del vuelo. Esa noche descubrió nuevas facetas de sí mismo; regocijos desconocidos que el arrojo del larguirucho piloto despertaron, llenándolo de una inquietud y un apremio que lo acompañarían el resto de su vida.

Tenía, sin embargo, una admiración más antigua. La que le suscitaba el viejo líder francés Georges Clemenceau -suerte de “símbolo moral” galo; la sola mención de su nombre henchía de orgullo y producía efectos balsámicos a los franceses y les servía para paliar los sinsabores que la guerra reciente les había dejado. Keynes ha dicho que: “Clemenceau sentía por Francia lo que Pericles por Atenas –estaba convencido que su valor singular era tal que nada más podía importar…” (1) Acaso contribuyó a forjar la singular admiración del escolar por el anciano estadista, cierta emulación por la devoción que su padre profesaba por Piérola. En la cátedra de la mesa familiar, Don Rafael recordaba siempre las hazañas del Califa y repetía sus discursos y sentencias de memoria. En uno de sus juegos adolescentes, Belaunde se enfrascaba en torneos dialécticos con su hermano Rafael; comparando conductas históricas entre Alemania y Francia. Del lado francés, Belaunde no se dejaba persuadir por la mayor erudición de su hermano, sosteniendo la posición contraria. El recibir la educación secundaria en un medio que siente una singular veneración por la patria, contribuyó a que desarrollara un sentimiento similar por el Perú. Se podrá pensar que ese sentimiento es común a todas las naciones. En pocos lugares, sin embargo, existe con la profundidad y solidez con las que se produce entre los franceses.

Sus últimos años como estudiante de arquitectura los había pasado en Texas. Ello le facilitaba visitar México con frecuencia, donde su padre se desempeñaba como Embajador. La Revolución Mexicana se estabilizaba y era notable el sentimiento de orgullo nacional que se percibía en la calle. Si bien, este no era un fenómeno enteramente nuevo, se había potenciado en esos años. Una mezcla de admiración y curiosidad lo condujo a prestar atención a los posibles factores desencadenantes de este hecho. Así descubrió a José Vasconcelos, un intelectual sobresaliente, autor de “La Raza Cósmica”, escrita en exaltación de los pueblos autóctonos y condena del racismo implícito en el hecho que los trabajos más duros y subordinados se reservaran solo a los indígenas. Además de escritor vigoroso y justiciero, Vasconcelos fue un gran impulsor de la educación pública, y un luchador infatigable por la institucionalización de una sociedad todavía sujeta a las arbitrariedades autoritarias que venían tanto del pasado cuanto del período inicial de la Revolución. Debido a su inteligencia y cultura, se había convertido en una de las personalidades más relevantes de la época y en el orientador sustancial de la identidad que iba cuajando esa nación de raíces volcánicas y aguerrida herencia indígena y española.

Pero lo que terminó de fascinarlo con México, fue el alegre colorido del folklore, la fuerza expresiva de los muralistas y la magia hechizante de las corridas de toros. La fiesta lo embrujó hasta convertirse en el acontecimiento del que más gozaría. Desde que asistió a su primera corrida, nada consiguió igualar la emoción de la plaza. Cada salida del toro, cargada de furia y amenaza, a un ruedo encendido de luz y vibrante expectativa, le parecía el espectáculo más formidable. Lo fascinaba constatar que a la fuerza arrolladora solo puede doblegarla la parca elegancia del valor. Que el coraje solo sirve cuando es auténtico, pues no se puede fingir y que proviene principalmente de una manifestación misteriosa e indomable del espíritu. Acaso le permitía terminar de entender la severa consigna que su padre le repitiera desde la infancia: “Perfección vía control.”

Enfrascado en esos pensamientos, a ratos dormitando, despertó finalmente, la mañana de su regreso al Perú. Sintió como crecía su exaltación, a medida que se acercaba –por fin- la hora de pisar suelo peruano. Con cada segundo que pasaba, estaba más cerca del territorio de todas sus nostalgias, del lugar del que provenía el llamado de la sangre y eso que John O’Donohue denomina “el sentido de pertenencia”. Quiso poner en orden sus ideas y entonces, pensó: A lo largo de la historia, se han repetido una sucesión recurrente de conquistas. Cada etapa dejó la población dividida entre conquistadores y conquistados. Los incas conquistaron a las etnias autóctonas vecinas, los españoles conquistaron a los incas, los ejércitos criollos sudamericanos encabezados por generales argentinos y venezolanos conquistaron nuestra independencia, mientras los peruanos luchábamos indistintamente en ambos lados del campo de batalla. La guerra que tenemos pendiente es distinta a las anteriores y consiste en la “conquista del Perú por los peruanos”.

Este es nuestro desafío, pensó; que todos los que compartimos la honrosa condición de peruanos decidamos asumir una tarea común, capaz de ponernos del mismo lado de la trinchera. Este reto –como suele pasar en la historia- está ligado a una conquista territorial. Pero no para arrebatársela a algún vecino, sino para terminar de incorporar –como lo han hecho las grandes naciones- la totalidad del propio territorio, conquistando plenamente, en nuestro caso, el oriente peruano.

Incorporando la “Ceja de Selva” mediante una gran carretera longitudinal, se incrementaría significativamente la extensión agrícola y se aprovecharían mejor las aguas de las dos vertientes de nuestras cumbres andinas. Ante el peligro de congestionar Lima y las principales ciudades de la costa, se debería alentar una mejor distribución poblacional, creando nuevos polos de desarrollo en la ceja de montaña en los que surjan nuevas oportunidades de trabajo productivo. Pero conquistar es más que eso; empieza por uno mismo, dominando la capacidad de elevarse por encima de las propias miserias. Ello supone que nos asumamos unos a otros, aceptando primero y desarrollando después, el orgullo de nuestro ser mestizo y pluricultural. Alcanzar una suerte de convergencia de “hermanos pródigos” reencontrados después de tantos y tan dolorosos desencuentros y abandonos.

Conquistar nuestra capacidad de escucharnos con asombro y entendernos con generosidad. En la memoria de los que participamos de sus primeras campañas, reverbera todavía la ilusión de ese reencuentro y la promesa de lo que habría de traer. Implicaba aprender a sobreponerse al derrotismo y la inclinación pesimista que ha perjudicado tanto al Perú, a lo largo de la historia; a la tentación fatua de creer que con cada nuevo gobierno o cada nueva generación, empieza de nuevo la historia.

Soltaron el ancla, pasadas las siete de la mañana. Un lanchón se aproximaba desde el litoral, a dos kilómetros de distancia. Belaunde se había asegurado el derecho a bajar a tierra durante la breve escala. Solo lo acompañaría su hermano Francisco. Sus ojos fijos en la línea costera, aguardaba estático la llegada a la tierra prometida. Estando cerca, pudo ver mejor las modestas instalaciones del puerto, el confuso desorden del entorno; el bullicio de hombres gruesos de torso descubierto, cargando y apilando costales, cantando un castellano lleno de modismos y de áspera dulzura. Trémulo y con la sonrisa congelada, bajó a tierra y dejó desbordar su fascinación, integrándose al dinamismo del puerto. No había demasiado que ver pero su satisfacción fue inmensa. Se sintió colmado por la belleza árida del paisaje y el rostro risueño y amigable de los estibadores, parecidos en el colorido, los bigotes y la entonación a los que había dejado, días atrás, en Manzanillo.


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Caía la noche de la primera amanecida. Habíamos empezado a estudiar arquitectura hacía unos meses y sabíamos de sobra que este era el precio a pagar –al menos en la universidad- por la gestación de cada proyecto: quedarse de sol a sol, inclinados sobre los tableros de dibujo, pretendiendo atrapar con infinitos bosquejos, alguna idea escurridiza. Resultaba mejor hacerlo en compañía. Las bromas y el bullicio ayudaban a ahuyentar la soledad y a derrotar la tentación del cansancio. Lima lucía apacible y lejana, desde el único taller encendido de la Facultad. Rodeada de campo, cerros y silencio, la Universidad Nacional de Ingeniería parecía deliberadamente ubicada al margen de la ciudad. Esa ubicación, llegada la noche, inducía la idea de abandono.

Débiles luces vibraban desde el sur. Entre ellas dos faros gemelos que se acercaban en nuestra dirección. Los vimos aproximarse lentamente. “Probablemente va camino a Canta”, dijo alguno. Sorprendidos, observamos como giró a la derecha e ingresó al campus. Un buen presagio nos atropelló escaleras abajo, a encontrar al visitante. Descubrimos al decano y su esposa abríendo la maletera del Mercury blanco. De ella asomaba una olla humeante.

De regreso en el taller, rodeamos expectantes la olla que Carola Aubry abría con gracia de prestidigitadora. Un sabroso arroz chaufa la colmaba y un olor apetitoso y redentor empezaba a entonarnos. “¿Cómo van?”, inquirió Belaunde. Nos observaba con calidez pero también, con cierta impaciencia. Le respondimos vaguedades. Momentos después, lo escuchábamos fascinados. Había regresado al Perú en 1936. Encontró apenas un puñado de arquitectos; la mayoría de ellos venidos de estudiar fuera. La Universidad, hasta hace poco Escuela de Ingenieros, agregaba un curso adicional a los estudios de ingeniería civil, para otorgar el titulo de “Ingeniero–Arquitecto”. Era insuficiente. Había que ofrecer una formación más completa y convertirla en una profesión independiente, como ocurría en Europa y en los EE UU. Además, promover entre los graduados el espíritu de cuerpo e introducir la nueva profesión al país.

Sus primeras iniciativas, orientadas a responder a estos desafíos, fueron: publicar una revista de arquitectura, incorporarse a la enseñanza universitaria y contribuir a la creación de una asociación profesional. Las tres con un claro sesgo institucional. Belaunde estaba convencido que la mejor manera de promover el desarrollo consiste en amalgamar dos factores complementarios: el espíritu de emprendimiento de la iniciativa privada y la capacidad reguladora y subsidiaria del Estado. Estaba convencido que no es posible alcanzar un progreso verdadero sin la interacción concertada de ambos. Cuando domina el espíritu de empresa, las sociedades agudizan sus diferencias y tensiones y evolucionan por caminos que desembocan en el egoísmo extremo, la arbitrariedad y finalmente, la violencia; cuando predomina la autoridad tutelar del Estado, decae la creatividad de los ciudadanos, se reduce la productividad y aparecen, inevitablemente la mediocridad, la impunidad en el desacierto, la corrupción y las castas privilegiadas. Ambos peligros se superan articulando un modelo que los equilibre y contrapese, implantando un sistema abierto a las críticas y las disensiones y regido por un orden legal estricto e instituciones encargadas de preservarlo, actualizarlo y hacerlo cumplir. Las asociaciones gremiales o sectoriales y la prensa cumplen, a este respecto, el indispensable rol de bisagra articuladora de las necesidades de la iniciativa privada y el rol regulador del Estado. De esta manera, se compensan mejor los desniveles y las injusticias derivadas de las diferencias en educación y capacidad económica que presenta la realidad y también los riesgos de que el poder sea impermeable a los requerimientos de cambio y sensatez. El orden democrático debe ser inquebrantable y quienes lo lideran, capaces de despertar y alentar la nobleza ciudadana, para suscitar el espíritu de solidaridad y generosidad indispensables para una coexistencia armoniosa.


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Cada fin de mes, los arquitectos aguardaban la llegada de su revista. Era el vínculo regular entre ellos y el medio para recargar el ánimo y estimular la creatividad. La primera edición de El Arquitecto Peruano apareció en agosto de 1937. Estrictamente, no podía estar dirigida solo a los arquitectos pues no había suficientes. Apuntaba a un público amplio, al que pudiera enseñarle a apreciar la arquitectura; darle a conocer sus novedades e informarle acerca de la evolución de las tecnologías.

Belaunde la dirigió durante veintiséis años. Hasta que asumió la presidencia por primera vez, en julio de 1963. Su gravitación fue muy grande y sirvió para introducir los principales temas de la arquitectura, el planeamiento urbano, las políticas de vivienda, la preservación del patrimonio monumental y la valoración de la arqueología. Se publicó durante 40 años, hasta mediados de 1977. Fue una tribuna abierta y plural con la que colaboraron los principales arquitectos del medio. Su objetivo central fue difundir y prestigiar la arquitectura realizada en el Perú.

En una de sus primeras ediciones, informó que, un mediodía de octubre de 1937, en una reunión realizada en La Cabaña, un grupo de 17 arquitectos constituyó la Sociedad de Arquitectos y eligió su primera directiva cuya secretaría recayó en el propio Belaunde.

El Departamento de Arquitectura se creó en la Escuela de Ingenieros en 1948, poco tiempo después de que Belaunde se incorporara como profesor. Asumió su dirección, como primer paso para independizar la carrera. Dos años después, ya transformada en Universidad Nacional de Ingeniería, lo consiguió. Entonces asumió el decanato de la primera Facultad de Arquitectura peruana. En ella introdujo un moderno programa de estudios cuya estructura esencial sigue sirviendo de modelo a la infinidad de programas actuales.

Inicialmente, todas las carreras se concentraban en un solo pabellón, al que se habían mudado poco tiempo atrás, de la calle Espíritu Santo. La nueva propiedad, en el extremo norte de la ciudad, estaba rodeada de extensos terrenos agrícolas y reservas para el crecimiento del campus. Belaunde fue el primer decano –y acaso el único- que gestionó y llevó adelante la edificación de su propia sede sin emplear recursos financieros de la Universidad. Supo movilizar la generosidad de sus colegas, de los comerciantes e industriales de la construcción y también la de los trabajadores y alumnos. A cada nueva promoción, se le inducía a contribuir con algo hasta completar la obra inconclusa. Constituía una suerte de bautizo del que salían los estudiantes con las manos laceradas y el espíritu hinchado de orgullo.

Los alumnos del cuarto año esperaban a Belaunde con expectativa. Sus clases –sobre temas de vivienda- eran muy atractivas. Explicaba un concepto que luego ilustraba en la pizarra (o en proyecciones) con imágenes. Usaba un puñado de tarjetas con citas de arquitectos o autores relevantes y las leía con énfasis y dicción impecables. Luego, proponía que dibujaran un esquema capaz de sintetizar los conceptos explicados. Después de recoger el ejercicio, repartía unas hojas en las que aparecían esquemas similares, escogidos entre los mejores producidos por las promociones anteriores y los comparaba con los nuevos. Esto le servía para resaltar los aspectos soslayados y así evitar que pasaran desapercibidos. Enseguida, entraba en el tema siguiente que desarrollaba con ritmo y amenidad parecidos. Otro tanto sucedía con sus clases en ingeniería civil –en las que hablaba de urbanismo- ante grandes grupos. Sus clases eran bastante concurridas porque atraían a los muchachos y despertaban en el auditorio tonificante entusiasmo. Estaban orientadas a promover inquietud por las materias; no a enseñarlas de manera enciclopédica. Le apasionaba hablar sobre la vivienda social y el desarrollo infraestructural que abriría paso a la promesa de un futuro mejor para el Perú. Cuando culminó su gestión en 1961, dejó una Facultad exitosa y prestigiada, con una población de algo más de 200 estudiantes. Entre ellos, destacaba la presencia de numerosos colombianos, venezolanos y bolivianos que venían especialmente a estudiar la carrera en Lima.

Frente a la Facultad se había edificado el Instituto Interamericano de Planeamiento de Lima, programa de post grado, promovido por la Facultad, como consecuencia de la introducción, años antes, de la enseñanza profesional del urbanismo a iniciativa del mismo Belaunde. Funcionó con el patrocinio de la OEA y la asesoría académica de la Universidad de Yale. En sus aulas podía encontrarse –además de limeños- egresados de distintas especialidades provenientes de provincias y de varios países de la región.


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En 1945 adhirió al Frente Democrático Nacional constituido para postular la candidatu-ra presidencial de don José Luis Bustamante y Rivero. Convocado por Bustamante, postuló y fue elegido diputado por Lima, luego de incorporarse a la campaña como secretario de prensa. En el congreso fue autor de importantes iniciativas orientadas a institucionalizar el desarrollo urbano y habitacional del país. A su iniciativa se deben la creación de la Corporación Nacional de la Vivienda, el plan de “unidades vecinales” considerado un modelo Latinoamericano; la Oficina Nacional de Planeamiento y Urbanismo, encargada de formular los planes reguladores de las diversas ciudades del país; el plan de “centros vacacionales”, (de los que solo se llegó a construir el de Huampaní); y la Ley de Propiedad Horizontal, que permitió otorgar títulos de propiedad independientes a los departamentos de edificios multifamiliares.

Las “unidades vecinales”, se inspiraron en una idea británica: la “ciudad jardín”. En la versión peruana, conjuntos de mediana altura, apostados en el perímetro de un gran terreno, cuentan con parques, campos deportivos, escuela, centro comunitario, iglesia, etc., Es el caso de la UV 3, San Felipe, Angamos, Santa Marina, Mirones, Matute, Torres de San Borja, Limatambo, Julio C. Tello y Santa Rosa, en Lima e infinidad de conjuntos similares en las ciudades más importantes del país. Al quedar el automóvil limitado al estacionamiento periférico, las familias y los niños recorren el vecindario libres de peligro. Producen un habitat agradable en el que las áreas verdes compensan adecuadamente la densidad de los multifamiliares. Cabe comparar la diferencia que existe entre esos conjuntos y los densos edificios que se construyen ahora, saturando de cemento la integridad de los terrenos y cargando el panorama urbano de un aspecto crecientemente agobiante.


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Lo que más impresionaba de entrar a su despacho era la presencia ordenada y numerosa de decenas de tomos idénticos. La simetría de dimensiones y colorido sugerían la presencia de una enciclopedia infinita. En cierta medida lo era, pues consistía en la acumulación de los volúmenes de proyectos de grado, dirigidos por él, a lo largo de los años. Iniciaba siempre el diálogo con alguien a quien acababa de conocer, preguntándole por el lugar de su procedencia familiar. Luego seguía, un intercambio de datos sobre la región, sus recursos y posibilidades, al que agregaba algunas preguntas adicionales de tipo general. De esta manera encontraba temas para nuevos proyectos de grado. Con esta modalidad, había estimulado y dirigido el estudio de infinidad de iniciativas de ingeniería, en la mayor parte del territorio nacional: represas, puentes, caminos e irrigaciones se almacenaban en un vasto inventario cargado de propuestas ingeniosas y de gran potencial. Las explicaba con intensidad, sacando un tomo y buscando entre sus páginas hasta llegar al plano descriptivo de la idea o la estadística probatoria de su factibilidad.

Esos trabajos constituyeron el inventario de proyectos que sirvió de base para muchos de los programas infraestructurales que puso en marcha desde el gobierno. Estaban refe-ridos principalmente a la red de carreteras que consistía en completar la trama tejida con hilos longitudinales: la costeña panamericana, la longitudinal de la sierra y la marginal de la selva y un amplio complemento de hilos transversales integrado por las vías de penetración que atraviesan la escarpada geografía, preferentemente en los lugares en los que existe algún puerto costeño. También, la red eléctrica y su inter-conexión para suplir el abastecimiento de zonas que pudieran sufrir algún déficit. También, la construcción, o ampliación, de las centrales hidroeléctricas comprendiendo que no hay desarrollo posible sin energía suficiente. Finalmente, las represas y los sistemas de irrigación destinados a ampliar las posibilidades productivas de los valles agrícolas del Perú. Todo esto complementado por un conjunto de puertos y aeropuertos destinados a facilitar el intercambio de pasajeros y productos.



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“Sube a nacer conmigo, hermano.
Dame la mano desde la profunda
Zona de tu dolor diseminado.

Mírame desde el fondo de la tierra,
Labrador, tejedor, pastor callado;
Señaladme la piedra en que caísteis,
Y la madera en que os crucificaron,

Dadme el silencio, el agua la esperanza.
Hablad por mis palabras y mi sangre.”




La voz cansina y nasal de Pablo Neruda resonaba en la habitación. Provenía de un disco en el que estaba grabado “Alturas de Macchu Picchu”. El escritorio de la casa de Inca Ripac era el vértice de una planta en forma de “L”. Todo conducía a ese lugar, donde se encontraban las dos alas. Enchapado con paneles de madera, abundantes libreros y una chimenea central sobre la que colgaba un óleo de su bisabuelo paterno, el General Pedro Diez Canseco. La inspiración sajona del decorado producía un ambiente sobrio e íntimo. Las reuniones en casa de los Belaunde terminaban siempre allí, cerca del equipo de música, en unos cómodos sofás de esterilla con mullidos cojines tapizados en terciopelo ocre que inducían la tertulia. “Quería que escucharas este disco para que aprecies el poder de la palabra”, dijo. “La palabra es capaz de producir grandes transformaciones”, continuó. “Cuando llegué a los EE UU, en 1930, tuve oportunidad de comprobar el tremendo decaimiento producido por la depresión del año anterior. Las calles estaban atestadas de vendedores ambulantes y colas de gente esperando algo que comer en las ollas comunes instaladas cerca a las parroquias. El desempleo había superado el 25% de la población trabajadora y el pesimismo era creciente. El modelo norteamericano parecía haber alcanzado su crisis terminal.”

“Una noche, cuando me aprestaba a iniciar un trabajo universitario, encendí la radio. A los pocos minutos fui captado por una voz extraordinaria. Era Franklin D. Roosevelt, que iniciaba su primera campaña presidencial. Hablaba con elegancia; la calmada dicción con la que pronunciaba sus palabras inducía tranquilidad y deleite auditivo. Se sentía, además, detrás del tono elocuente, una suerte de optimismo ontológico del que no se podía evitar sentirse contagiado. Cuando el contenido del discurso empezaba a extraviarse por algún desvío de posible solemnidad, una broma –o un juego de palabras- lo regresaba a la naturalidad original. Roosevelt sacó a los EE UU de la depresión mediante una larga y laboriosa gestión. Uno de los factores centrales de su éxito, fue su maestría como comunicador. Ahora no tenemos acceso a sus discursos. Pero escuchar a los poetas recitando, es una buena alternativa. Especialmente a Neruda y Guillén.” (2)


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La realidad política que encontró Belaunde permanecía estancada. Las secuelas del pro-ceso desencadenado a la caída de Leguía seguían vigentes. Con el partido político más gravitante proscrito, sus dirigentes presos o exiliados, las posibilidades del juego democrático estaban entrampadas. La falta de opciones alternativas al aprismo complicaba más el panorama y servían de pretexto para evitar elecciones legítimas. Además, los oficiales de mayor rango del Ejército tenían asumido, desde la Independencia, la prerrogativa de poner de lado la Constitución y hacerse con el poder, cada vez que las circunstancias parecieran permitirlo y existiera la anuencia implícita de los sectores más poderosos. En ese escenario, quienes llegaban a la presidencia de la República -la mayor parte de las veces- lo hacían por carambola, esto es, por designación indirecta o por transacciones celebradas al margen del voto ciudadano.

El debate intelectual estaba animado de nueva vitalidad y matizado por varias ten-dencias. En los extremos, dos principales: hispanistas e indigenistas. Es decir, quienes propugnaban consolidar el modelo europeo impuesto durante los trescientos años del virreinato y quienes aspiraban a una suerte de restauración del régimen precolombino –al que atribuían connotaciones socialistas. En la realidad, el Perú se había ido transformando en un país mucho más complejo y plural de lo que puede explicar cualquier esquematismo. Lo enriquecía la inclusión de nuevas etnias de inmigrantes y se había ido consolidando una realidad mestiza y distinta a todo lo anterior. Tanto las opciones pro-autóctonas cuanto las pro-occidentales ofrecían visiones excluyentes, incapaces de reconciliar los diversos matices de la realidad. Además, el triunfo de la Revolución Bolchevique había contaminado el debate político de una carga ideológica que respondía a diagnósticos originados en realidades muy remotas, principalmente europeas.

En 1993 Octavio Paz escribió: “La revolución de los caudíllos de la Independencia obedeció a la lógica de los imperios en desintegración; los caudillos escogieron, casi siempre con buena fe, la ideología más a la mano, la que estaba en boga en aquellos años.” “…esas ideas democráticas no habían sido pensadas para la realidad hispano-americana ni habían sido adaptadas a las necesidades y tradiciones de nuestros pueblos. Así comenzó el reinado de la inautenticidad y la mentira: fachadas democráticas y modernas y, tras ellas, realidades arcaicas. La historia se volvió un baile de máscaras.”

“Aquí aparece la gran hendidura: no había una relación orgánica entre esa ideología y la realidad hispanoamericana. Las ideas nuevas deben ser la expresión de las aspiraciones de la sociedad y, por tanto deben ser pensadas y diseñadas para resolver sus problemas y responder a sus necesidades. (…..) Lo que tuvimos fue la superposición de una ideolo-gía universal, la de la modernidad, impuesta sobre la cultura tradicional.” (3)

Belaunde se había anticipado a ese pensamiento en 1956, propugnando, en su primera campaña presidencial, la idea del “Perú como doctrina”. Esto es, la necesidad de buscar inspiración en “nuestra propia realidad”. Para hacerlo, resultaba indispensable empezar por la experiencia local, haciendo que las propuestas se inspiraran en sus tradiciones en lugar de que se impusieran a ellas ideas venidas desde afuera. Por lo demás, una visión muy propia de arquitecto, quien trabaja a partir de dos hechos objetivos: el terreno y las necesidades de los usuarios. De esta manera de pensar provinieron programas como el de “cooperación popular” (inspirado en la minka y el ayni de la tradición andina), y otros como el “banco de materiales” (destinado a prestar y devolver materiales para la autoconstrucción, como en el clásico trueque de las ferias).


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La primera campaña fue muy singular. Como no se disponía de televisión todavía, la manera de divulgar el mensaje se hacía en mítines realizados en cada barrio de las ciudades principales y en los pueblos apartados de las zonas rurales (recordemos que el Perú era todavía un país predominantemente agrícola). En uno y otro caso, la llegada de la caravana que acompañaba a Belaunde era un acontecimiento festivo. El bullicio de la juventud que lo escoltaba, el ingenio de los recursos de los que se valían para despertar interés, debido a la predominancia juvenil entre los organizadores, dio a los mítines un colorido de feria local. Cuando Belaunde llegaba, a hombros, como un torero triunfante, se producían en la concentración los movimientos de una marejada. Mientras su figura sonriente y serena se acercaba lentamente al estrado –como en una procesión provinciana- sonaba una banda de músicos y reventaban cohetes y luces artificiales. Aplacado el bullicio inicial y concluido el canto del himno nacional, tomaba la palabra y empezaba el discurso.

La temática era siempre distinta, aunque su estructura bastante parecida. Empezaba con frases cortas y sonoras, como los latigazos con los que se pone en marcha una carreta de caballos. “Me dijeron que habían piratas en la costa y por eso he bajado de la serranía para enfrentarme con el peligro” o “¿Qué me aplaudes, pueblo peruano, si tu mismo has hablado por mis labios?” De inmediato, una carga de energía encendía a la multitud que vibraba entusiasta con palabras como estas, pronunciadas en tono elegante, con voz redonda y sonora. Luego de algunos latigazos, entraba en materia; para ello modificaba ligeramente el tono, haciéndolo más sosegado y usando frases más largas. Aludía primero a las tradiciones mas importantes del lugar: una batalla, si la hubo; el recuerdo de algún momento de relevancia circunstancial (refugio de algún libertador o prócer; cuna de algún intelectual o artista renombrado). Otras veces, aludía al encanto urbanístico o a la tradición singular del sitio; (recuerdo sus alusiones a episodios de la jarana criolla de “bajo el puente”, en el mitin del Rimac, por ejemplo). Ennoblecía el lugar –que generalmente lucía muy pobre y descuidado- descubriendo su dignidad y señorío. Apoyado en esa introducción, formulaba propuestas programáticas, estableciendo la relación entre estas y la tradición. Lo hacía con conocimiento y lleno de contagiosa admiración por las calidades escondidas tras la pobreza aparente. En esta parte, sus discursos tenían sabor de travesía.

La trama tenía un recorrido que partía del pasado para proyectarse al futuro. De un futuro concebido a la altura de sus nobles tradiciones. El carácter de sus discursos tenía, a momentos, connotaciones de clase magistral. Después, cuando se aproximaba la hora de terminar, volvía a cambiar de tono y empezaba a sugerir –usando frases breves y poéticas- la realidad a la que se llegaría si se tomara el rumbo esbozado. De esta manera, insuflaba la fuerza necesaria para dejar a su auditorio, cargado de ilusión. “Y si llego confiado, al final de este proceso que se inició turbiamente, no es porque tenga una desmesurada confianza en mi mismo, sino porque la tengo plena en Dios y porque siento que la Providencia, no ha de desoír una voz que tan solo le pide luz para conducir a un pueblo a la justicia social”, concluyó su discurso en la Plaza San Martín, el 8 de junio de 1956.

Terminada la campaña, quedó consolidada la nueva alternativa política. Hacía falta estructurarla para convertirla en un partido estable. A ello se abocó Belaunde los años siguientes, trabajando y viajando intensamente por la institucionalización de Acción Popular. Tres años después, se convocó un congreso del partido, que debió realizarse en Arequipa. Situaciones coyunturales determinaron la suspensión de garantías y como consecuencia, la desautorización de la reunión. Belaunde viajó secretamente al sur y fue apresado llegando a Majes. Al tomar su declaración, el comisario le preguntó “¿Diga si es verdad que lo encontraron disfrazado con un poncho?” “El poncho no es un disfraz en el Perú; respondió, es el uniforme de las mayorías nacionales. Entiendo, sin embargo que lo desprecien los hombres del gobierno pues es la única prenda de vestir que carece de bolsillos.”

Dias después, al intentar abandonar a nado la isla de El Frontón, donde fue recluido, dejó unas líneas a los presos comunes, con los que había desarrollado mucha empatía. La carta terminaba con una frase edificante: “Dios siempre perdona y la Patria siempre espera.” La formidable vorágine iniciada en 1956 crecía en forma exponencial. El triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, distrajo a parte de la juventud hacia otras opciones que empezaron a aparecer ese mismo año. Pero Belaunde no cambió; siguió en la misma línea y compitió con Haya de la Torre, por primera vez, en las elecciones de 1962, treinta y un años después de la primera postulación presidencial del jefe del Apra. A partir de ese proceso, no ha vuelto a haber en el Perú ningún partido o candidato proscrito. La contribución de Belaunde a ese logro es innegable.


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Inició su primer gobierno instituyendo las elecciones municipales. A partir del 28 de julio de 1963, el Perú tiene un régimen municipal elegido –solo interrumpido durante algunos años del régimen militar iniciado en octubre de 1968. Los municipios elegidos constituyen un aporte fundamental al robustecimiento institucional de la democracia pe-ruana y dio inicio al proceso de descentralización al que aspiraba el país desde mucho antes. En 1980, al iniciar su segundo gobierno, restauró la libertad de prensa que había sido conculcada mediante el secuestro de todos los medios informativos (televisión, radio y periódicos), por la dictadura de Velasco.

A pocas horas de ser desterrado a la Argentina, recibió una llamada de José Luis Sert, un destacado arquitecto catalán, que ejercía el decanato de la Facultad de Arquitectura de Harvard. Lo invitaba a enseñar en los EE UU. De esa manera, Belaunde se reintegró a la enseñanza “solo por un año.” Prefirió mantenerse como “profesor visitante” y cambiar de universidad anualmente, mientras durara el destierro, pues, quiso “Vivir con un pie en el estribo, listo para regresar al Perú en cualquier momento”. Se repitió para él la época de los plazos elásticos de Paris. El destierro se prolongó esta vez, por otros nueve años. En esas circunstancias, contrajo matrimonio, en segundas nupcias, con Violeta Correa, que había sido una de sus colaboradoras más cercanas desde los primeros años de Acción Popular.


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El destierro hizo que interrumpiera el contacto con sus principales fuentes de inspiración: las plazas públicas y la universidad peruana. Cuando regresó en 1977, encontró un panorama muy cambiado. La improvisación y desmesura con las que se aplicaron las reformas, las desprestigiaron y destruyeron buena parte del aparato productivo. El Estado se encontraba entrampado por la carga de infinidad de empresas públicas que daban un mal servicio y producían inmensas pérdidas. Añadido a ello, la crisis de la deuda externa y la aparición de una inflación crónica desplazaron de la agenda los temas del desarrollo, sustituyéndolos por necesidades de reordenamiento económico, derrota de la inflación y recuperación del PBI de los años 60.

Belaunde regresó al Perú con ánimo abierto y reconciliador. Obtuvo el respaldo mayoritario de las urnas en 1980 e inició su segundo período 17 años después de haber empezado el primero. Condujo al país por un nuevo quinquenio de desarrollo, en una época de transición en la que no había terminado de agotarse el modelo anterior (recién consagrado por la Constitución de 1979), ni cuajado uno nuevo, como el que precipitara la caída del Muro de Berlín en 1989.

Impulsó la constitución del Frente Democrático, en respaldo de la candidatura presidencial de Mario Vargas Llosa, en 1990. Ejerció la función senatorial, hasta que el gobierno militarizado, instaurado en 1992, clausuró el Congreso. Intervino en la lucha por la restauración constitucional. Alentó la presidencia transitoria de su correligionario, Valentín Paniagua y contribuyó significativamente con el éxito electoral de Alejandro Toledo en 2001. Ese mismo año falleció Violeta. El gran dolor de esa pérdida, desencadenó su declinación. Lo visitaba con frecuencia en busca de un hilo que lo reconciliara con la vida. Uno de esos días le propuse reeditar El Arquitecto Peruano. Comprobé, por la reiteración de su interés, que había, tocado una fibra sensible. Teniendo en cuenta que el principal valor de una revista antigua es su archivo historiográfico, pensé en instalarla en la red. Le mostré distintas maneras de hacerlo, valiéndome de un computador portátil. Su entusiasmo fue creciendo. Me pidió que “prepare un papel para cederme los derechos”. Pasaron los dias y el proyecto avanzó lentamente.


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Al amanecer del 24 de mayo, se supo que había tenido un derrame cerebral que lo dejó sin habla y limitado movimiento. El domingo 26, a eso de las 4 y 30 de la tarde, acudí al Hospital. Me recibió Carito. “¿Quieres despedirte de mi padre?” me preguntó. Asentí. Entré a la sala de “cuidados intensivos” en la que existían varios cubículos independientes; casi todos divididos por cortinas. El primero, a la derecha, estaba cerrado entre paredes como un cuarto dentro de otro mayor. Belaunde estaba recostado en la cama, mirando fijamente un punto en el vacío. Una enfermera observaba desde un costado. Me acerqué a él por su lado derecho. Le cogí la mano, sentí lo que me pareció un ligero apretón. Busqué su mirada; seguía fija en el vacío. Me incliné, le conté al oído que venía del mar; que había pasado por la playa del Agua Dulce para traerle el rumor de las olas. Se volteó. Me miró fijamente y empezó a hacer trazos sobre la almohada. La enfermera miraba sorprendida. “Quiere decirle algo, señor”. Le acerqué un papel y un plumón, repitió los trazos. No se podían entender. Hicimos un segundo intento; nada. Otro más; inútil. Entendí que trataba de improvisar el texto pendiente. Le hablé al oído. No debía preocuparse, El Arquitecto Peruano volvería a aparecer de todas maneras. Levantó el brazo, me tomó de la espalda trayéndome hacia él. Me incliné dócilmente. Estuvimos abrazados en silencio, largo rato. Nos interrumpió la voz risueña de una de sus nietas. “¡Papapa!”, decía. Me aparté de la cama. Me miraba fijamente, levantó suavemente la mano, se la llevó a la frente. Sin dejar de mirarme, se persignó. El barco estaba a punto de zarpar.

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(1) J. M. Keynes, Las Consecuencias Económicas de la Paz, 1919, Capitulo 3.
(2) Esta y otras citas sacadas de conversaciones grabadas entre F. Belaunde y M. Cruchaga en 1978.
(3) O. Paz, Itinerario, América en Singular y en Plural, entrevista con S. Marras, 1993,